Memoria con rostro

La mujer del pañuelo

Benguela, 29 de agosto de 1999

La camioneta avanzaba despacio por el camino de tierra mientras la tarde empezaba a enfriarse. El polvo seguía entrando por las ventanillas y quedaba suspendido dentro del vehículo. Atrás viajaban algunos catequistas con lo necesario para acompañar el velatorio. Sabíamos poco: alguien había muerto, la familia nos…
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Benguela, 29 de agosto de 1999

El camino

La camioneta avanzaba despacio por el camino de tierra mientras la tarde empezaba a enfriarse. El polvo seguía entrando por las ventanillas y quedaba suspendido dentro del vehículo. Atrás viajaban algunos catequistas con lo necesario para acompañar el velatorio. Sabíamos poco: alguien había muerto, la familia nos esperaba y debíamos llegar antes de que oscureciera. El motor, los pozos y el traqueteo fueron ocupando el viaje. Nadie parecía tener ganas de hablar demasiado.

La aldea apareció entre los árboles cuando la luz ya comenzaba a bajar. Eran pocas casas y una capillita abierta, armada con tablas y ramas verdes. En el centro estaba el cuerpo cubierto con una sábana blanca. Las mujeres mayores rezaban en voz baja y, a unos metros, algunos chicos seguían jugando. No había llantos fuertes ni grandes gestos. La tristeza estaba en otra parte: en las voces apagadas, en la gente que se sentaba cerca del cuerpo y permanecía allí, en las miradas que tardaban en levantarse.

Una mujer delgada, con un vestido azul desteñido, salió a recibirnos.

—Pensamos que no vendrían —dijo.

No había reproche en su manera de decirlo. Le expliqué que no sabíamos que nos aguardaban, pero que habíamos llegado. Ella asintió y nos hizo pasar.

Paulo

Adentro olía a vela y a tierra. En un banco, un muchacho miraba el suelo con los puños cerrados. Le pregunté si el hombre muerto era su padre. Negó con la cabeza.

—Era el papá de Paulo. Pero yo también lo quería.

Busqué a Paulo con la mirada. Estaba al fondo, apoyado contra una pared. No hablaba. Cuando me acerqué y le pregunté si quería que rezáramos juntos, respondió apenas con un movimiento de cabeza.

La celebración fue sencilla. Un catequista leyó el Evangelio y otro acompañó con el batuque, tocándolo muy despacio. Después se sumaron las mujeres con un canto antiguo, sostenido, casi como un lamento que iba llenando la capilla sin romper el silencio del velatorio. Paulo siguió junto a la pared. La mujer del vestido azul estaba cerca de él. No se hacía notar ni buscaba ocupar ningún lugar especial. Simplemente permanecía allí.

Cuando terminó la oración, la gente comenzó a moverse lentamente. Algunos se acercaron al cuerpo y otros siguieron conversando en voz baja. Yo me senté en un banco. La mujer del vestido azul se acercó.

El pañuelo

—Usted no se acuerda de mí, ¿verdad?

La miré con atención, tratando de encontrar en su rostro algún recuerdo.

—No, no me acuerdo.

No pareció sorprenderse. Me dijo que dos años antes había venido a hablar conmigo. En aquel momento, según sus palabras, estaba rota. No volvió sobre lo que había sucedido ni trató de reconstruir aquella conversación. Recordaba otra cosa: yo la había escuchado y, antes de que se fuera, le había dado un pañuelo.

Intenté traer aquella escena a la memoria, pero no pude. Ni la conversación ni el pañuelo regresaban. Para ella, en cambio, el recuerdo seguía intacto.

—Aquel pañuelo me sostuvo —dijo.

Hizo una pausa. No sacó el pañuelo ni dijo si todavía lo tenía. Miró hacia donde estaba Paulo y continuó:

—Hoy vine por eso. Hoy vine a sostener a Paulo. No podía dejarlo solo.

La frase cambió la manera en que volví a mirarla. Hasta ese momento había sido la mujer que nos recibió al llegar, la del vestido azul que permanecía cerca del muchacho. De pronto aparecía también aquella otra tarde, dos años atrás, que yo no conseguía recordar y que ella llevaba todavía consigo.

Había venido por Paulo. Se había quedado a su lado porque conocía, desde su propia historia, lo que significa atravesar una hora en la que uno necesita que alguien permanezca cerca.

Me llamó la atención la diferencia entre nuestras memorias. Yo no recordaba el pañuelo. Ella sí. No sabía su color ni de dónde había salido. Tampoco recordaba qué había dicho al entregárselo. Ella no necesitó completar esos detalles. Le alcanzaba con saber lo que aquel gesto había significado en un momento difícil de su vida.

El abrazo

Cuando llegó la hora de volver, los catequistas empezaron a preparar la camioneta. Antes de salir busqué a Paulo. Seguía casi en el mismo lugar. Me acerqué despacio.

—¿Te puedo dar un abrazo?

No respondió. Dio un paso hacia mí y me abrazó. Permanecimos así unos segundos, sin decir nada. Después se separó y volvió junto a la mujer del vestido azul.

Afuera ya era de noche. Subimos a la camioneta y el motor se puso en marcha. Desde la ventanilla alcancé a ver otra vez la capillita, el cuerpo bajo la sábana blanca y a las mujeres que seguían rezando. Paulo estaba junto a ella. La mujer permanecía a su lado, como había dicho que haría.

Durante el regreso intenté recordar aquel pañuelo. Busqué algún detalle que me devolviera la escena de dos años antes, pero no apareció ninguno. El camino volvió a llenarse de polvo y la aldea fue quedando atrás.

Lo que sí seguía escuchando era su voz: “Aquel pañuelo me sostuvo”. Dos años después, no llevaba nada en las manos. Estaba junto a Paulo.

Lo que sí seguía escuchando era su voz: “Aquel pañuelo me sostuvo”. Dos años después, no llevaba nada en las manos. Estaba junto a Paulo.

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Seguí explorando la memoria de Angola en El cielo nace en el polvo.

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