Memoria con rostro

La madre de la palangana

Benguela, 15 de octubre de 1999

La mañana había comenzado en la casa de las Hermanas salesianas, alrededor de la fiesta de Santa Teresa. Había movimiento desde temprano y un clima alegre que contrastaba con el calor que ya se hacía sentir afuera. Entre una taza de té, alguna broma y las tareas que cada una iba haciendo, la conversación terminaba…
Imagen de memoria vinculada al relato La madre de la palangana
Benguela, 15 de octubre de 1999

La mañana

La mañana había comenzado en la casa de las Hermanas salesianas, alrededor de la fiesta de Santa Teresa. Había movimiento desde temprano y un clima alegre que contrastaba con el calor que ya se hacía sentir afuera. Entre una taza de té, alguna broma y las tareas que cada una iba haciendo, la conversación terminaba una y otra vez en lo mismo: cómo sostener la vida cotidiana sin volverla solemne. Al mediodía me despedí y salí hacia el barrio. El sol caía de lleno sobre los caminos de tierra y el aire traía el olor del carbón encendido que se mezclaba con el polvo. Caminaba despacio, más atento a no tropezar que a buscar algo especial, cuando la vi venir por el sendero.

Era una mujer joven, delgada, con la piel brillante de sudor. Sobre la cabeza llevaba una palangana grande llena de agua y en la espalda, sujeto con un paño de colores, dormía su hijo. La imagen era común en el barrio: mujeres que volvían con agua, niños atados al cuerpo, pasos medidos para no perder el equilibrio. Quizás por eso al principio seguí caminando sin detenerme. Lo distinto ocurrió unos metros después, cuando el movimiento de la palangana hizo que algunas gotas se escaparan por el borde y cayeran sobre la cara del pequeño.

Las gotas

El niño abrió los ojos sobresaltado y enseguida empezó a reír. Otra gota le cayó sobre la frente. Después otra, cerca de la nariz. La madre siguió avanzando, tratando de mantener firme la palangana mientras sentía en la espalda cómo el chico se despertaba del todo. Él empezó a mover los brazos, intentando alcanzar el agua que caía, y cada vez que una gota le tocaba la cara soltaba otra carcajada. La risa terminó contagiándola. Caminaba y se reía, cuidando el paso para no volcar el agua, mientras el niño parecía haber convertido el regreso a casa en un juego.

Me detuve a mirarlos. El sendero estaba seco y alrededor seguía la vida de siempre: voces que llegaban desde las casas, alguna radio, el ruido más lejano del mercado. Ella avanzaba sin cambiar demasiado el ritmo. No había tiempo para detenerse a jugar; llevaba una palangana sobre la cabeza y un hijo en la espalda. Sin embargo, las gotas habían encontrado la manera de entrar en medio de esa tarea y el niño las esperaba con las manos abiertas. Cada pequeño movimiento del agua le alcanzaba para volver a reír.

El saludo

Cuando estuvo más cerca levantó una mano para saludarme. La palangana se movió apenas y ella corrigió el equilibrio con el cuerpo, sin dejar de caminar. —¿Todo bien, padre? —preguntó con naturalidad. Le dije que sí y miré al niño, que seguía despierto y atento al borde de la palangana. —Tu hijo parece estar recibiendo un bautismo de alegría. Ella soltó una carcajada más fuerte, de esas que nacen antes de pensar la respuesta. —Con un poco de agua y mucho amor alcanza, ¿no?

Nos reímos los dos. La frase quedó dicha con la misma sencillez con que ella llevaba el agua. No se detuvo para explicarla ni yo tuve necesidad de agregar nada. El chico volvió a estirar las manos y una nueva gota cayó sobre su cara. Ella ajustó el paño que lo sostenía y siguió por el sendero. Desde atrás se veía el cuerpo pequeño pegado a su espalda, los brazos que aparecían a los costados y la palangana temblando apenas sobre su cabeza.

El camino

Los vi alejarse entre las casas. Durante un rato todavía se escucharon las risas del niño, cada vez más mezcladas con el ruido del barrio. Después quedó visible solamente la palangana por encima de algunas paredes y, un poco más tarde, ni siquiera eso. Seguí caminando, pero la escena volvió varias veces durante la tarde. No por extraordinaria, sino precisamente por lo contrario. Aquella mujer estaba haciendo algo que seguramente repetía muchas veces: buscar agua, llevar a su hijo, regresar a casa bajo el sol.

Durante el resto de la tarde, otras escenas del barrio se fueron superponiendo: gente que entraba y salía de las casas, vendedores que seguían trabajando bajo el sol, chicos que aparecían y desaparecían entre los caminos. Sin embargo, cada vez que pensaba en aquella mujer volvía la misma impresión: no había interrumpido su tarea para ofrecer una imagen bonita. La belleza estaba precisamente en que había seguido haciendo lo que tenía que hacer, con el niño en la espalda y el agua sobre la cabeza, y en medio de eso había aparecido la risa.

También pensé en la cantidad de veces que uno mira escenas así y no las ve de verdad porque forman parte del paisaje. En Benguela, llevar agua era una necesidad cotidiana y las mujeres recorrían distancias con una habilidad que yo nunca dejaba de admirar. Aquella tarde, una gota había bastado para que esa rutina se abriera por un instante y mostrara otra cosa: la confianza del chico en el cuerpo que lo llevaba, la soltura con que la madre siguió andando y la naturalidad con que ambos compartieron el juego sin detener el camino.

Esa noche, al abrir el cuaderno, recordé primero su paso. No el comentario que yo había hecho sobre el bautismo ni las palabras que después podían escribirse para darle sentido a la escena. Volvió el equilibrio del cuerpo bajo el peso del agua, el niño despertándose con una gota en la cara y la risa que se le escapó a la madre mientras seguía andando. Escribí unas líneas y dejé la lapicera sobre la mesa. Afuera todavía hacía calor. En algún lugar del barrio, aquella palangana ya estaría en el suelo y el niño, quizá, habría vuelto a dormirse.

Esa noche, al abrir el cuaderno, recordé primero su paso. No el comentario que yo había hecho sobre el bautismo ni las palabras que después podían escribirse para darle sentido a la escena. Volvió el equilibrio del cuerpo bajo…

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