Memoria con rostro

La anciana y la sonrisa en la penumbra

La calle y el pan · Luanda, 16 de abril de 1995

Era Pascua y Luanda estaba casi a oscuras. Algunas velas temblaban detrás de las ventanas, una linterna cruzaba de vez en cuando la calle y, desde alguna casa, llegaba el sonido gastado de una radio a pilas. Yo había salido con la idea de visitar a Ondina, una chica escuteira que llevaba semanas enferma, pero aquella…
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La calle y el pan · Luanda, 16 de abril de 1995

La noche de Pascua

Era Pascua y Luanda estaba casi a oscuras. Algunas velas temblaban detrás de las ventanas, una linterna cruzaba de vez en cuando la calle y, desde alguna casa, llegaba el sonido gastado de una radio a pilas. Yo había salido con la idea de visitar a Ondina, una chica escuteira que llevaba semanas enferma, pero aquella noche los llamados fueron apareciendo antes de que pudiera llegar.

—Padre, ¿puede pasar un momento?

—Padre, una bendición para mi mamá.

—Padre, ¿quiere rezar con nosotros?

Fui entrando en cuartos pequeños, sentándome al borde de camas hechas con tablas, tomando una mano, rezando bajito. En una pared había un crucifijo sujeto con hilo; en otra, una estampita vieja junto a una vela. Algunas personas hablaban mucho. Otras apenas asentían. La noche se fue llenando de nombres, respiraciones cansadas y puertas que se abrían despacio.

Cuando volví a la parroquia ya era tarde. Los chicos habían preparado la red y me esperaban con la pelota. Uno la hacía picar contra el piso mientras otro gritó que faltaba yo. Me estaba por cambiar cuando golpearon la puerta.

—Padre… la ancianita. ¿Se acuerda? Usted le prometió la comunión para esta noche.

Miré la pelota, las zapatillas, el patio todavía despierto. Después volví a tomar la mochila. Marta, una joven de la parroquia, se ofreció a acompañarme.

Del otro lado

Salimos con una linterna. El barrio dormía a medias. Se escuchaban perros, un bebé llorando, voces desde algunos umbrales. Caminamos entre charcos hasta que una montaña de basura nos cortó el paso: bolsas, cartones, botellas, vidrios, trapos húmedos. No había por dónde rodearla.

—Tenemos que subir —dijo Marta.

Fue adelante y yo detrás. Pisábamos con cuidado porque el suelo se hundía y crujía bajo los pies. El olor era fuerte. Marta levantaba la linterna para buscar dónde apoyar el siguiente paso. Al bajar del otro lado, apareció una casita de chapa con una vela encendida adentro.

Entramos. En una cama estaba la anciana. Era muy pequeña, delgada, con los ojos abiertos y atentos. No dijo nada al vernos. Solo movió un poco la cabeza, como si confirmara algo que llevaba esperando desde hacía horas.

Me arrodillé junto a la cama.

—Buenas noches, mamá. Soy el padre. ¿Se acuerda que le prometí venir esta noche?

Asintió. Su mano estaba liviana dentro de la mía. Marta dejó la linterna a un lado y la pieza quedó sostenida por la claridad de la vela.

La comunión

Hablé poco. Ella también. La confesé en voz baja y después preparé la comunión. Cuando le mostré la hostia, la anciana juntó apenas las manos sobre el pecho. No hizo ningún gesto grande. Recibió la Eucaristía y cerró los ojos.

Durante unos segundos solo escuchamos su respiración. Afuera pasó alguien hablando y después volvió el silencio. La llama de la vela se movió cuando Marta cambió de posición. La anciana abrió los ojos otra vez.

Entonces se le aflojó el rostro.

La boca se abrió apenas, los ojos se achicaron y la frente perdió tensión. No hubo nada espectacular en aquel gesto. Marta la miró y bajó la cabeza. Yo seguí sosteniéndole la mano.

Nos quedamos así un rato. Nadie tenía apuro. Después me incliné, la bendije y acomodé la manta que se había corrido sobre sus piernas. Ella mantuvo los ojos abiertos unos segundos más y luego volvió a cerrarlos.

La vuelta

Salimos despacio y cerramos la puerta con cuidado. La montaña de basura seguía allí. También el olor, los charcos y la oscuridad. Marta levantó la linterna y empezamos a trepar otra vez. Esta vez no hablamos.

Cuando ya estábamos cerca de la parroquia, Marta dijo:

—Padre, esta fue la comunión más linda que vi en mi vida.

No supe qué responder. Asentí y seguimos caminando.

En el patio, el partido había terminado. Algunos chicos guardaban la red; otros seguían conversando. Uno sostenía la pelota bajo el brazo. Me saludaron y siguieron con lo suyo. Me senté un momento en un banco, todavía con el olor de la pieza y de la basura pegado a la ropa.

El rostro

Durante mucho tiempo, al recordar aquella Pascua, no volvió primero la caminata ni la oscuridad de Luanda. Volvió la anciana en la cama, la mano liviana, la manta corrida, la vela temblando junto a la pared.

Y volvió aquel cambio pequeño en su rostro.

No sé qué vio ella en ese momento ni qué alcanzó a decir por dentro. Solo sé que, después de comulgar, abrió los ojos y la tensión de la cara cedió. Marta estaba a un lado con la linterna apagada. Yo seguía de rodillas. Afuera, detrás de la chapa, la noche continuaba igual.

Eso es lo que guardo: una pieza pequeña, una vela, una anciana respirando despacio y el rostro que, por un instante, se volvió más sereno en la penumbra.

Eso es lo que guardo: una pieza pequeña, una vela, una anciana respirando despacio y el rostro que, por un instante, se volvió más sereno en la penumbra.

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