Memoria con rostro

Ernesto y las palabras mal dichas

Benguela, 13 de octubre de 1999

Durante aquellos días ir a la oficina de teléfonos se había convertido casi en una rutina. Si uno quería resolver un trámite había que volver, preguntar, esperar y regresar al día siguiente. El 13 de octubre salí temprano, con el polvo pegándose a las sandalias y los vendedores recién acomodando sus puestos. Cuando…
Imagen de memoria vinculada al relato Ernesto y las palabras mal dichas
Benguela, 13 de octubre de 1999

La telefónica

Durante aquellos días ir a la oficina de teléfonos se había convertido casi en una rutina. Si uno quería resolver un trámite había que volver, preguntar, esperar y regresar al día siguiente. El 13 de octubre salí temprano, con el polvo pegándose a las sandalias y los vendedores recién acomodando sus puestos. Cuando llegué a la entrada de la telefónica, Ernesto estaba en su lugar. Era el policía que custodiaba la puerta: un hombre grande, de manos anchas, con el fusil colgado al hombro y una sonrisa tranquila que ya empezaba a resultarme familiar.

Nos habíamos cruzado tantas veces que el saludo había perdido formalidad. Apenas me vio acercarme movió la cabeza y sonrió. —Otra vez por aquí, Gustavo. —Hasta que haya línea, Ernesto. Uno tiene que ganar por cansancio. Se rio y nos quedamos un rato bajo la poca sombra de un árbol. La oficina empezaba a llenarse y cada tanto Ernesto debía mirar hacia la puerta o hacer una seña para ordenar el movimiento. Después volvía a la conversación como si la hubiéramos dejado suspendida unos segundos.

A ver, entonces

En algún momento me preguntó por el umbundu. Yo estaba intentando aprender y seguramente hablaba del tema con más entusiasmo que resultados. —¿Ya sabe algo? —preguntó. Le dije que sí, lo suficiente como para meterme en problemas. Él se rio. —A ver, entonces, dígame algo. La noche anterior había estado memorizando algunos proverbios y elegí uno. Empecé seguro, mezclé dos palabras, cambié un sonido por otro y terminé sin saber muy bien qué acababa de decir.

Ernesto soltó una carcajada. Yo intenté corregirme y conseguí empeorarlo. Volvió a reírse, esta vez con ganas. El fusil seguía apoyado sobre su hombro y la gente continuaba entrando y saliendo detrás de nosotros, pero durante unos minutos todo se redujo a una palabra que yo no lograba pronunciar. —Así está bien, padre —dijo finalmente—. ¡Ya habla como nosotros! Me mostró cómo colocar el sonido. Lo repetí. Negó con la cabeza. Lo hizo más despacio. Probé otra vez y entonces levantó el pulgar.

Nuestra lengua

Todavía sonreía cuando cambió el tono. No dejó de ser Ernesto ni hizo un discurso; simplemente habló un poco más despacio. —Cuando uno aprende nuestra lengua, nos está queriendo de verdad. La frase quedó entre nosotros mientras él volvía a mirar la puerta. Alguien reclamaba desde adentro y tuvo que intervenir. Yo repetí mentalmente la palabra que acababa de enseñarme, cuidando esta vez el sonido.

Por la tarde la frase regresó de otra manera. Un catequista del barrio vino a casa con su esposa y el hijo más pequeño. Se sentaron en el suelo de tierra y seguimos la lección. Ellos corregían mi pronunciación con paciencia y se reían cada vez que una palabra me salía torcida. —Vamos despacio, padre, que el umbundu no se apura —dijo él. La mujer escuchaba y, cuando yo repetía demasiado rápido, me hacía comenzar otra vez. En un momento resumió toda la clase con una sonrisa: —Lo importante no es que lo diga bien. Lo importante es que lo diga con el corazón.

La libreta

Cuando se fueron, quedó la libreta abierta sobre la mesa. Tenía palabras mal escritas, tachaduras y dibujos que usaba para recordar ciertos sonidos. Busqué el proverbio que había destrozado por la mañana frente a Ernesto y traté de escribirlo nuevamente. No quedó mucho más prolijo. Al costado anoté su nombre, quizá para acordarme de quién me había corregido aquella pronunciación.

Al día siguiente probablemente Ernesto seguiría en la entrada de la telefónica, con el fusil al hombro y el mismo trámite mío todavía sin resolver. Yo volvería a pasar por allí y tendría otra palabra para probar. Era una forma extraña de aprender: entre esperas, errores y carcajadas. Poco a poco los sonidos dejaban de ser ajenos.

La charla con Ernesto se fue volviendo parte de esos días. Yo llegaba por el teléfono y terminábamos hablando de otra cosa. Él custodiaba una puerta y, sin proponérselo, también me abría otra: la de una lengua que todavía me quedaba lejos. En sus correcciones no había impaciencia. Se reía cuando yo deformaba una palabra, pero después volvía a pronunciarla hasta que pudiera acercarme un poco al sonido.

Por eso la lección de la tarde tuvo otro peso. El catequista y su esposa no estaban corrigiendo un ejercicio escolar; estaban permitiéndome entrar en algo suyo. El niño dormía mientras ellos repetían sonidos y esperaban que yo los imitara. Cada equivocación terminaba en una risa y luego en un nuevo intento. La frase de Ernesto de la mañana seguía allí, sin necesidad de repetirla: aprender la lengua era aceptar la paciencia del otro y dejarse corregir por él.

Antes de cerrar la libreta repetí en voz baja la palabra que me había hecho practicar. Todavía no sonaba del todo bien. Pude imaginar la cabeza de Ernesto negando y su voz diciendo que la hiciera más despacio. La repetí otra vez. Después cerré el cuaderno.

Antes de cerrar la libreta repetí en voz baja la palabra que me había hecho practicar. Todavía no sonaba del todo bien. Pude imaginar la cabeza de Ernesto negando y su voz diciendo que la hiciera más despacio. La repetí otra…

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