Tres esquinas
El 25 de octubre salí en bicicleta cuando el sol ya empezaba a apretar. El barrio estaba despierto desde hacía rato. El aire olía a carbón y a mandioca hervida, y por las calles pasaban mujeres con bidones sobre la cabeza mientras los chicos corrían detrás de una rueda o se perseguían levantando polvo. Antes de alejarme demasiado, una madre se acercó con su hija de la mano. Me pidió un poco de harina en voz baja. No tenía, pero busqué algo de arroz y pan. La mujer agradeció casi sin levantar la vista. La nena, en cambio, me miró de frente y sonrió.
Guardé esa sonrisa mientras pedaleaba. Unas cuadras más adelante tuve que frenar de golpe porque un chancho dormía en medio de la calle, ajeno a todo. Abrió un ojo, movió apenas el rabo y siguió echado. Lo rodeé riéndome y continué. Eran escenas pequeñas, comunes, de esas que uno atraviesa sin saber todavía cuál va a quedar en la memoria.
La voz
Al doblar la siguiente esquina escuché una voz fina que me llamaba: —¡Padre Gustavo! Miré hacia la vereda y vi a un chico de unos cuatro años. Era muy flaco, llevaba una camiseta que le quedaba enorme y estaba descalzo. Levantaba la mano con entusiasmo, como quien saluda a alguien conocido del barrio. Cerca de él había otro niño, bastante más pequeño, quizá de dos años, desnudo y parado en medio de la calle. Miraba los coches y el polvo sin parecer demasiado preocupado por la distancia que lo separaba de la vereda.
El mayor dejó de saludarme en cuanto lo vio. Corrió hacia él, lo abrazó por detrás y tiró de su cuerpo hasta sacarlo del medio. El pequeño protestó, movió los brazos y empezó a lloriquear. El otro no lo soltó. Se agachó un poco para quedar más cerca de su cara y le habló con una seriedad que desentonaba con su tamaño: —Quieto. El coche pasa.
Dos brazos
Me acerqué con la bicicleta y apoyé un pie en el suelo. —Agarra fuerte a tu hermanito, que ahí vienen los coches. El chico asintió sin decir nada y volvió a rodearlo con los brazos. No sé si realmente eran hermanos; así lo entendí entonces y así quedó en mi memoria. El más pequeño seguía queriendo moverse, pero el otro lo sujetó hasta que pasó un vehículo. Recién después aflojó un poco el abrazo.
Me impresionó la desproporción entre ambos: el que cuidaba también era apenas un niño. La camiseta grande se le caía de un hombro y sus pies estaban cubiertos de polvo. No tenía cuerpo de protector ni edad para cargar responsabilidades, y sin embargo en ese instante sabía exactamente qué hacer. Miraba la calle, después al pequeño, y volvía a mirar la calle. No dio órdenes largas ni buscó a un adulto. Simplemente lo mantuvo cerca de la vereda.
Me quedé unos segundos más. El mayor volvió a levantar la mano para saludarme y el pequeño se tranquilizó. Seguí pedaleando. Al doblar otra esquina, un grupo de chicos empezó a correr detrás de la bicicleta gritando mi nombre. Uno arrancó una flor amarilla del borde del camino y me la lanzó. Alcancé a atraparla y la guardé en el bolsillo.
La flor
Cuando regresé, tenía la ropa cubierta de polvo y el manubrio algo flojo. Saqué la flor del bolsillo y la dejé sobre la mesa. Ya empezaba a marchitarse. Mientras tomaba agua volvieron las escenas del recorrido, pero una se imponía sobre las demás: el chico de la camiseta grande corriendo desde la vereda y cerrando los brazos alrededor de otro todavía más pequeño.
No supe su nombre. Tampoco supe dónde estaba su madre, si vivían cerca o cuánto tiempo pasaban solos en aquella esquina. El cuaderno no guardó esas respuestas. Guardó la frase: “Quieto. El coche pasa”. Y guardó el gesto. Años después, cuando pienso en aquella mañana, todavía puedo ver al más chico intentando avanzar y al otro sosteniéndolo desde atrás hasta que la calle quedara libre.
Mientras lo miraba, pensé en la naturalidad con que había actuado. No parecía sentirse valiente ni especialmente responsable. Había visto al pequeño en peligro y corrió. Tal vez esa escena se repetía muchas veces y por eso su cuerpo respondió antes que cualquier palabra. Para mí, en cambio, quedó grabada porque mostraba algo que en aquellos barrios aparecía con frecuencia: los chicos aprendían muy pronto a estar atentos unos a otros.
No quería convertir esa precocidad en algo admirable sin más. También había algo duro en que un niño tan pequeño tuviera que saber cómo apartar a otro de los coches. La ternura y la intemperie convivían en la misma escena. El abrazo servía para proteger, pero también dejaba ver la ausencia de un adulto en ese instante. Quizá por eso la imagen siguió acompañándome más que la flor o la sonrisa de la primera esquina.
La flor amarilla quedó sobre la mesa hasta la noche. No necesitaba convertirla en símbolo de nada. Me bastaba verla junto al polvo que había traído en la ropa y recordar que, unas cuadras antes, un niño de cuatro años había dejado de saludar para cuidar a otro. La bicicleta siguió su camino. Ellos quedaron en la esquina.