El tercer día
El 9 de noviembre llegué al salón parroquial cuando el calor ya se había instalado. Llevábamos tres días seguidos de trabajo pastoral y se notaba. Las ventanas estaban abiertas, aunque la brisa apenas entraba. Sobre las mesas se amontonaban papeles y cuadernos; alguien había improvisado un abanico con una hoja de cartón. El obispo seguía desarrollando los temas con paciencia, pero el cansancio empezaba a ganar terreno. Una hermana luchaba por mantener los ojos abiertos y, no demasiado lejos de ella, un catequista había perdido la batalla y dormía sentado.
Yo llevaba la vieja cámara que solía acompañarme. En algún momento, casi por diversión, fotografié a la hermana justo en medio de un bostezo. Más tarde capturé a un sacerdote cabeceando con la Biblia sobre las piernas y a un muchacho con una remera fosforescente que miraba hacia el techo como si buscara allí una respuesta a la reunión. Guardé la cámara y seguimos. Nadie parecía haber advertido lo que estaba haciendo.
Una sorpresa
Por la noche, mientras revisábamos los apuntes, alguien dijo que aquello estaba demasiado serio y que, si seguíamos al mismo ritmo, no llegaríamos despiertos al fin de semana. Me acordé de las fotos. —Déjenme a mí. Mañana traigo una sorpresa. No expliqué más. Al día siguiente esperé el primer descanso y pedí que apagaran las luces.
La primera imagen apareció en la pared: la hermana bostezando. Hubo un silencio breve, como si todos necesitaran reconocerse antes de reaccionar. Después se oyó una risa contenida en un rincón y enseguida otra. La fotografía siguiente mostró al sacerdote dormido con la Biblia sobre las piernas. Ya nadie consiguió mantener la compostura. Cuando apareció el joven de la remera brillante mirando hacia arriba, las carcajadas se mezclaron con los aplausos.
El obispo intentó conservar la seriedad durante unos segundos, pero terminó riéndose hasta las lágrimas. Una hermana se reconoció en la pantalla y protestó desde su lugar: —¡Padre, borre esa foto ya mismo! La protesta solo empeoró las cosas y el salón volvió a estallar. Durante unos minutos la reunión dejó de ser una suma de temas pendientes. La gente se miraba, señalaba la pared y se reía de sí misma con una libertad que no había aparecido en los tres días anteriores.
Después de las fotos
Cuando encendimos nuevamente las luces, el obispo se acercó todavía sonriendo. —Guarde bien esas fotos —me dijo—. Son más útiles que cualquier plan pastoral. Nos reímos otra vez y poco a poco cada uno empezó a volver a su lugar. Las sillas recuperaron su ruido, reaparecieron los cuadernos y alguien comenzó a ordenar los papeles para continuar.
Mientras guardaba la cámara, se acercó un catequista joven. Era de los más reservados del grupo. Durante aquellos días lo había visto escuchar mucho y hablar poco. No venía riéndose como los demás ni hizo ningún comentario sobre las fotografías. Se paró delante de mí, me abrazó y recién entonces habló. —Gracias, padre. Hacía mucho que no me reía así. Me hacía falta.
Lo que no quedó en la foto
La frase cambió el peso de todo lo anterior. Hasta ese momento las fotos habían sido una ocurrencia para aliviar una reunión demasiado larga. Frente a ese muchacho aparecía otra cosa, aunque él no explicó cuál. Tampoco le pregunté por qué hacía tanto que no se reía de ese modo. Había guerras, pérdidas, preocupaciones y cansancios suficientes alrededor como para no necesitar inventar una respuesta. Lo único cierto era lo que acababa de decir.
Se separó del abrazo y volvió con los otros. La reunión continuó. Esa noche dejé la cámara sobre la mesa antes de abrir el cuaderno. El lente tenía polvo y dentro estaban las imágenes de la hermana bostezando, del sacerdote dormido y de tantas caras riéndose frente a la pared. Podía volver a mirarlas cuando quisiera.
Durante aquellas jornadas habíamos hablado mucho. Eran encuentros importantes y nadie estaba allí por obligación: catequistas, religiosas, animadores y sacerdotes habían llegado porque querían pensar mejor el trabajo con las comunidades. Pero tres días seguidos bajo el calor también desgastan la mejor voluntad. Las fotografías hicieron visible ese cansancio sin avergonzar a nadie. Al contrario, nos permitieron reírnos de nosotros mismos.
Quizá por eso la frase del catequista joven me sorprendió. Yo había pensado la proyección como una broma para despejar el ambiente; él la recibió desde un lugar que yo desconocía. “Me hacía falta” podía contener muchas cosas, y ninguna estaba escrita en su rostro de manera que yo pudiera explicarla. Preferí no hacerlo. El abrazo bastaba para saber que aquella risa había llegado más hondo de lo que yo había previsto.
Del catequista joven no había ninguna fotografía. Tampoco del abrazo. Cerré la cámara y la dejé allí. La imagen que más había quedado de aquella jornada no estaba guardada en el rollo.