Memoria con rostro

Caty y la tela guardada

La calle y el pan · Luanda, 29 de enero de 1995

El día amaneció sereno, con ese cielo claro que en Luanda parecía limpiar por un rato el polvo de los días anteriores. Desde temprano, la casa de las Hijas de María Auxiliadora se fue llenando de movimiento. Había risas en los pasillos, voces que iban y venían, olor a flores frescas y a ropa planchada con cuidado.…
Imagen de memoria vinculada al relato Caty y la tela guardada
La calle y el pan · Luanda, 29 de enero de 1995

La casa en fiesta

El día amaneció sereno, con ese cielo claro que en Luanda parecía limpiar por un rato el polvo de los días anteriores. Desde temprano, la casa de las Hijas de María Auxiliadora se fue llenando de movimiento. Había risas en los pasillos, voces que iban y venían, olor a flores frescas y a ropa planchada con cuidado. Nadie necesitaba anunciar que aquella jornada era distinta. Se notaba en la manera de caminar, en los saludos más atentos, en las manos que acomodaban detalles mínimos como si prepararan algo muy querido.

Catarina Paulo Bernardo, nuestra Caty, y Domingas iban a hacer su primera profesión religiosa. Las vi vestidas de blanco, con una alegría recogida que les encendía los ojos. Caminaban despacio, una junto a la otra, mientras el coro cantaba suave y la luz entraba por las ventanas. En la capilla había emoción de familia, gratitud sencilla, una alegría que no quería imponerse a nadie y, sin embargo, tocaba a todos.

Más tarde, al volver a casa, abrí el cuaderno para guardar lo vivido. Anoté la fecha, los nombres, el paso que habían dado. Eran las primeras Hijas de María Auxiliadora nacidas de aquella tierra. Escribí eso, pero el nombre de Caty me llevó hacia atrás, a Kalulo, a unas noches de clase, a un corredor con mesas viejas, a unas telas desparejas que parecían poca cosa y que, sin embargo, todavía seguían hablando.

Kalulo de noche

La recordé en el secundario nocturno, donde el padre Hilario y yo dábamos clases. Caty llegaba casi siempre cansada. Había trabajado durante el día y aun así entraba al aula con el cuaderno apretado contra el pecho, el uniforme gastado y esa serenidad suya que no pedía lugar con fuerza, pero tampoco desaparecía. Se sentaba adelante, escuchaba, copiaba, preguntaba cuando hacía falta. Cuando se cortaba la luz, sostenía la vela entre las manos para que otros pudieran seguir escribiendo.

El aula tenía algo humilde y fuerte. Afuera la guerra seguía haciendo ruido; adentro, un grupo de jóvenes insistía en estudiar. Llegaban con sueño, con polvo en los zapatos, con el cansancio pegado al cuerpo. No tenían certezas sobre el futuro, pero abrían los cuadernos igual. Venían, se sentaban, copiaban una línea más. A veces bastaba verlos así para sentir que la esperanza todavía encontraba dónde quedarse.

En aquellos años no había Hermanas viviendo en Kalulo. De vez en cuando alguna viajaba desde lejos y se quedaba unos días para acompañar, enseñar canciones, visitar familias, animar a la comunidad. El resto lo sosteníamos entre todos, como podíamos: salesianos, catequistas, jóvenes, vecinos. Había poco, pero ese poco pasaba de mano en mano.

Un espacio para ellas

Una tarde, con el hermano Gastón, pensamos en abrir un pequeño taller de bordado. La razón era simple: las chicas necesitaban un espacio propio. Ellas estaban siempre. Ayudaban en la catequesis, en las celebraciones, en las tareas de la misión, en todo lo que hacía falta. Pero muchas veces quedaban a un costado de lo más visible. El fútbol, las construcciones, los grupos más ruidosos, casi todo terminaba organizado alrededor de los varones.

No queríamos hacer algo extraordinario. Solo preparar un lugar donde pudieran sentarse, conversar, aprender, reírse, estar juntas sin quedar siempre al servicio de lo que otros hacían. Buscamos unas mesas viejas, algunos bastidores prestados y unos hilos de colores. No alcanzaba para un gran taller, pero sí para empezar.

Cuando las llamamos, Caty fue una de las primeras en acercarse. Miró las telas, los hilos, nuestras caras seguramente más entusiastas que expertas, y preguntó riéndose:

—Hermano Gustavo, ¿y si no sabemos bordar?

—Entonces aprendemos juntos —le respondí.

Y empezamos. Las primeras tardes fueron torpes y alegres. El hilo se enredaba, las agujas se perdían, las puntadas salían chuecas. Más de una tela quedó distinta de lo que habíamos imaginado. Pero el corredor empezó a llenarse de voces que antes andaban dispersas. Las chicas hablaban mientras trabajaban, se ayudaban, se reían de sus errores, volvían a intentar. Aquel rincón pequeño fue tomando forma alrededor de ellas.

El punto al revés

Un día llegaron unas Hermanas de María Auxiliadora de visita. Se asomaron al corredor y encontraron a las chicas con los bastidores en la mano. Caty les mostró su trabajo con orgullo: flores, letras desparejas, colores elegidos con paciencia. Una de las Hermanas la miró con ternura y le señaló, sonriendo, que uno de los puntos estaba al revés.

Gastón y yo nos miramos, medio desconcertados. No sabíamos mucho más que ellas. Entonces le pedimos a la Hermana que nos enseñara. La tarde cambió de ritmo. Entre agujas, risas y bromas, aprendimos los puntos correctos. Las chicas se inclinaban sobre las telas, probaban, deshacían, volvían a intentar. Caty observaba con atención, seria por momentos, divertida después.

Cuando las Hermanas se fueron, ella quedó mirando su bordado. Pasó los dedos por las letras torcidas, por las flores que no habían salido iguales, por ese punto descubierto al revés. Después dijo despacio, casi para sí misma:

—El bordado queda más lindo cuando tiene errores… porque así nadie duda que es humano.

No dijo más. Se quedó un momento con la tela entre las manos, sonriendo apenas. Yo tampoco agregué nada. La frase quedó en el aire del corredor, mezclada con las risas de las chicas y el olor de la tarde.

El sí

Pasaron los años. Vinieron traslados, distancias, cartas que llegaban de vez en cuando, noticias sueltas, nombres que volvían en alguna conversación. Caty siguió su camino sin alardes. Fue creciendo de a poco, con esa discreción que tienen algunas vidas cuando maduran sin hacer ruido.

Por eso, al verla en Luanda delante del altar, no pensé solo en la ceremonia. Volvieron también las noches de clase, la vela sostenida entre las manos, el cuaderno contra el pecho, el corredor de Kalulo, los hilos de colores. Todo estaba allí de alguna manera: no para explicar su vocación, sino para acompañarla desde lejos.

Después de la misa me acerqué a saludarla. Tenía los ojos húmedos y la sonrisa de siempre. Le pregunté si se acordaba del primer bordado. No tardó en responder:

—Cómo no. Todavía lo tengo guardado… con los puntos al revés.

Nos reímos juntos. En esa risa cabían Kalulo y Luanda, las clases nocturnas, las Hermanas de paso, las chicas alrededor de las mesas, las agujas perdidas y aquella mañana de fiesta.

La tela guardada

Esa noche me quedé un rato antes de dormir. Afuera, Luanda seguía con sus ruidos. Adentro, en cambio, me acompañaba una calma agradecida. Pensé en Caty vestida de blanco y pensé también en aquella muchacha de Kalulo que sostenía una vela para que otros pudieran copiar. Entre una imagen y otra había años, decisiones, cansancios, llamados, esperas. Y había también una tela guardada.

Me hizo bien imaginarla así: flores torcidas, letras desparejas, puntos al revés. Caty podía haberla escondido o tirado. En cambio la conservó. Tal vez allí quedaba una parte sencilla de su camino: una primera alegría compartida, algo aprendido con otras, una imperfección que no necesitó borrar.

Cuando apagué la luz, no busqué una conclusión. Me quedó esa imagen humilde: una tela antigua, doblada con cuidado. Y Caty, de algún modo, entera: la muchacha que sostenía una vela, la joven que reía con las chicas, la mujer que aquel día decía sí con una historia en las manos.

Nos reímos juntos. En esa risa cabían Kalulo y Luanda, las clases nocturnas, las Hermanas de paso, las chicas alrededor de las mesas, las agujas perdidas y aquella mañana de fiesta.

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