La voz baja
El sábado venía largo.
Habíamos trabajado con los chicos en la capilla. Quedaba tierra en la ropa, sudor en la espalda y alguna astilla en las manos. Los últimos todavía andaban por el patio, demorando la vuelta a casa. Hacían eso a veces: se quedaban cerca, sin pedir nada, como si el día no tuviera que terminar tan rápido.
El sol ya bajaba detrás de los árboles.
Entonces se acercó Ana.
Era la hija de Lourenço, el cocinero. Ese día él no había venido y ella lo había reemplazado en la cocina desde temprano. No explicó mucho. Entró, hizo lo que había que hacer, fue y vino con las ollas, lavó, acomodó, sirvió. Todo con esa seriedad callada de quien tiene la cabeza en otra parte.
Ahora venía hacia mí con las manos juntas, los dedos apretados.
—Hermano… mi mamá está enferma.
Lo dijo bajo.
Nada más.
La casa
Salimos enseguida.
Ana iba adelante por una picada hacia el borde del poblado. Caminaba rápido, pero sin correr. Conocía cada curva, cada piedra, cada rama que podía engancharse en la ropa. Yo la seguía en silencio.
No era momento para preguntas.
La casa era sencilla: paredes de barro, techo de chapa, una cortina haciendo de puerta. Adentro había poca luz. La madre estaba recostada sobre una esterilla, contra la pared. Tenía la frente húmeda y respiraba con dificultad. Los ojos cerrados, aunque no dormía.
Ana se arrodilló junto a ella.
—Mamá… vamos al hospital, ¿sí?
La mujer movió apenas la cabeza.
La envolvimos en una manta y la ayudamos a incorporarse. Ana le hablaba despacio, casi al oído.
—Despacio, mamá. Así. Yo estoy.
La madre se apoyó en ella.
Salimos.
El banco
El camino hasta el hospital fue lento.
Ya oscurecía. Se escuchaban grillos, algún perro, una radio lejana. De algunas casas salía humo de los fogones. La vida seguía alrededor, como sigue siempre, aunque para alguien esa noche sea distinta.
En el hospital había bancos de cemento, murmullos bajos, gente esperando con la cabeza inclinada. Nadie protestaba. Todos sabían esperar.
Nos sentamos los tres.
Ana acomodó a su madre contra su hombro.
Y se quedó así.
Quieta.
Cada tanto le tocaba la frente. O le acomodaba la manta. O le decía algo tan bajo que yo no alcanzaba a escuchar. Tenía las sandalias gastadas. En uno de los dedos llevaba un pedazo de tela enrollado, como venda. No se quejó. No pidió nada. No se movió de su lugar.
La madre respiraba con dificultad.
Ana la sostenía.
Eso era todo.
La vuelta
Cuando por fin la atendieron, ya era noche cerrada.
Fiebre, deshidratación, debilidad. Le dieron algo. Pocas palabras. Gestos cansados. Lo de siempre para quienes ven demasiadas veces lo mismo.
Volvimos por el mismo camino.
Ana caminaba más despacio. Su madre iba envuelta en la manta, apoyándose como podía. Cada tanto se detenían. Ana le acomodaba el brazo, esperaba un momento y seguían.
Al llegar a la casa, la ayudamos a entrar.
Antes de cruzar la cortina, Ana se detuvo.
—Gracias, hermano —dijo.
No me miró.
Le puse una mano en el hombro.
Nada más.
Volví solo a la misión. El cielo estaba despejado. Dos chicos corrían por la calle, perseguidos por la luna, riéndose como si nada hubiera pasado. Me saludaron al pasar.
De Ana me quedó una imagen.
No la cocina.
No el camino.
No el hospital.
Me quedó ella en aquel banco de cemento, con su madre recostada sobre el hombro, una sandalia gastada, un dedo envuelto en tela y esa manera de quedarse firme cuando todo pesaba.
Ana no dijo casi nada aquella noche.
Pero sostuvo.