Memoria con rostro

Alfonso, debajo del camión

Luanda, agosto de 1999

A veces la memoria vuelve por una palabra sencilla. Alfonso dijo “mi casa” señalando un hueco bajo un camión, y desde entonces esa palabra ya no suena igual.
Imagen para el relato Alfonso, debajo del camión
Una memoria de calle, casa y dignidad en la Luanda de 1999.

Alfonso no hablaba mucho.

Aparecía cerca, caminaba un rato, miraba todo con esos ojos rápidos de los chicos que aprendieron demasiado pronto a cuidarse solos. No hacía falta hacerle demasiadas preguntas. A veces bastaba caminar al lado suyo y dejar que la calle hablara por los dos.

Aquella noche íbamos por una calle de Luanda. El calor todavía estaba pegado a las paredes y el polvo se metía en la ropa. Pasaban camiones, motos, gente que volvía tarde. La ciudad seguía despierta, pero cansada. En algunos rincones se veía un fuego pequeño. Más lejos, una radio sonaba mal, con la música cortada por la estática.

Alfonso venía unos pasos adelante. De pronto se detuvo.

—Mirá —me dijo.

Señaló un camión viejo, abandonado a un costado del camino. Estaba torcido sobre la tierra, con las ruedas gastadas, la chapa oxidada y una lona rota colgando de un lado. Debajo del chasis había un hueco oscuro. Me acerqué un poco y vi unos cartones, una manta vieja, una botella vacía.

Alfonso se agachó, levantó apenas la lona y dijo, como quien muestra una pieza de su casa:

—Ahí duermo.

No lo dijo para dar lástima. Tampoco con vergüenza. Lo dijo simple, con la naturalidad de quien ya se acostumbró a explicar dónde pasa la noche.

Miré ese espacio. Era bajo, estrecho, duro. Olía a tierra húmeda, a metal caliente, a grasa vieja. No parecía un lugar para dormir. Mucho menos para que durmiera un chico.

—Cuando llueve, a veces entra agua —agregó—. Pero no tanta.

Después sonrió apenas.

—Es mi casa.

Me quedé callado.

En Angola había visto muchas pobrezas. Había visto hambre, chicos en la calle, mujeres caminando kilómetros con agua en la cabeza, jóvenes escondiéndose de la rusga, cuerpos cansados antes de tiempo. Pero esa noche la pobreza no era una palabra grande. Era Alfonso señalando un hueco bajo un camión.

Uno dice “casa” tantas veces sin detenerse. La dice para hablar de una mesa, una cama, una puerta que se cierra, alguien que espera, un lugar donde volver. Alfonso la decía mirando unos cartones debajo de una carrocería oxidada.

No quise llenarlo de preguntas. Preguntar demasiado, a veces, también puede ser una forma de entrar donde no corresponde. Tampoco quise decirle que aquello no estaba bien. Él ya lo sabía. Los chicos de la calle saben esas cosas en el cuerpo, antes de que alguien se las explique.

Solo le dije:

—Gracias por mostrármelo, Alfonso.

Me miró raro, como si esa respuesta no la esperara.

Quizá estaba acostumbrado a que lo retaran, a que lo apartaran, a que lo miraran rápido y siguieran de largo. Pero no a que alguien agradeciera conocer ese rincón suyo.

Seguimos caminando.

Con nosotros venía el mais velho, otro de los muchachos que andaban cerca. Por momentos hablaban entre ellos. Por momentos no. Yo iba escuchando el ruido de la calle y mirando a Alfonso de reojo. Caminaba liviano, con las manos sueltas, pateando alguna piedra cada tanto. No tenía casi nada, pero no caminaba vencido.

En una esquina abrí la mochila. Tenía un poco de pan y unas galletas. Se las di.

—Para más tarde.

Alfonso las recibió con cuidado. No se abalanzó. Las sostuvo un momento en la mano, como si ya estuviera midiendo cuánto podían durar.

—Gracias, padre.

Después bajó la voz:

—¿Va a rezar por mí?

—Sí, Alfonso. Claro.

Se quedó mirándome.

—¿Y por mi casa también?

Ahí sentí que algo se me apretaba adentro.

—También por tu casa.

No dijo más. Me dio una palmada suave en el brazo, casi tímida.

—Mañana va a salir bien —murmuró.

No sé si hablaba de él, de mí, de la noche o de la vida. Lo dijo como quien deja una bendición pequeña y sigue camino.

Lo vi volver hacia el camión con el pan en la mano. Caminaba sin apuro. No había nadie esperándolo. Solo ese hueco oscuro debajo de la chapa.

Esa noche me quedó Alfonso adentro.

No solo por la tristeza. También por la manera en que había dicho “mi casa”. En esa frase había algo que no era resignación del todo. Era una forma mínima de pertenecer. Como si dijera: “Este lugar es poco, pero por ahora es mío. Aquí descanso. Aquí me escondo del viento. Aquí vuelvo cuando no tengo dónde ir”.

Con los años, algunos rostros vuelven sin pedir permiso. Alfonso vuelve cada vez que escucho la palabra casa. Vuelve cuando veo a alguien dormir en una vereda. Vuelve cuando descubro que la costumbre puede endurecer la mirada.

Entonces me acuerdo de aquella noche en Luanda.

Del camión oxidado.

De los cartones.

De Alfonso levantando la lona y preguntando, casi sin levantar la voz:

—¿Va a rezar por mi casa también?

Y todavía hoy no sé bien cómo se responde a eso. Solo sé que, desde aquella noche, la palabra casa me quedó un poco más honda.

Desde aquella noche, la palabra casa me quedó un poco más honda.

Volver a Memoria con rostro Ver todos los textos