Hay mañanas en que la escuela parece empezar antes de que uno termine de llegar. Todavía estoy acomodando lo que traigo en la mano y ya hay alguien que necesita una llave, otro que quiere hablar y un estudiante que se quedó cerca porque evidentemente no vino solo a saludar. Miro la hora y siento que el día recién empieza, pero ya estamos corriendo detrás de él.
No me molesta el movimiento de la escuela. Al contrario. Después de tantos años, sigue gustándome esa vida que entra por las puertas a la mañana y va llenando pasillos, aulas y patios. Una escuela demasiado quieta me resultaría extraña. Lo que me preocupa es otra cosa: cuando el apuro deja de ser una consecuencia de un día complicado y se convierte en nuestra manera habitual de estar.
Se nota en cosas simples. Escuchamos una pregunta pensando en la reunión siguiente o terminamos una conversación con el cuerpo ya orientado hacia la puerta. Decimos “después lo vemos” con buena intención y, algunas veces, ese después no llega.
Nadie decide que una escuela sea así. Se va armando de a poco, casi siempre por razones comprensibles. Hay mucho por hacer y pocas jornadas alcanzan para todo. Pero el ritmo también educa. Y cuando todo parece urgente, corremos el riesgo de que lo importante tenga que hacer fila.
Hay días en que todo llega junto
En una institución educativa los imprevistos forman parte del día. Uno puede tener la mañana bastante ordenada y, en media hora, cambiar todo. Lo sé bien. Hay momentos en que simplemente hay que resolver, decidir rápido y seguir.
Lo que conviene mirar es qué pasa cuando esa lógica se instala incluso en los días normales. Al final de la jornada podemos haber resuelto una cantidad enorme de cosas y, sin embargo, recordar poco con quién estuvimos realmente.
A mí me ha pasado más de una vez. Llego al final del día con la sensación de no haber parado y queda una incomodidad difícil de nombrar: hice mucho, pero alguna conversación quedó demasiado corta. Atendí a alguien, sí, aunque quizá no terminé de estar.
Con los años empecé a distinguir un poco más entre atender y estar. No siempre puedo ofrecer tiempo largo, ni hace falta. A veces cinco minutos alcanzan. Lo que cambia todo es que durante esos cinco minutos la otra persona no sienta que está compitiendo con el reloj.
Las conversaciones importantes llegan mal
Quien trabaja en educación aprende pronto que muchas conversaciones importantes llegan en el peor momento. Justo cuando uno está por entrar a clase, cuando terminó una reunión y ya tendría que estar en otra cosa, o cuando finalmente había aparecido un rato para ponerse al día con pendientes.
Alguien se queda un poco atrás cuando los demás se van y pregunta: “¿Tenés un minuto?”. Uno ya sabe que probablemente no sea un minuto. Y hay días en que realmente no se puede. También hay que aprender a decir “ahora no” sin sentirse culpable. El problema es cuando estamos tan acostumbrados a la prisa que decimos “ahora no” incluso cuando sí podríamos quedarnos un poco.
Hay conversaciones que pueden retomarse mañana. Otras tienen una especie de momento. La persona reunió valor, encontró la ocasión o simplemente ese día pudo poner en palabras algo que venía guardando. Si la puerta no se abre, quizá vuelva. Quizá no.
No podemos estar disponibles para todo a cualquier hora. Pero una parte del oficio está en reconocer cuándo conviene que lo siguiente espere un poco.
El apuro se mete en el tono
Cuando llevamos varias horas corriendo, empezamos a hablar distinto. No hace falta llegar al grito. Basta con contestar antes de que el otro termine, dar una indicación con un tono más seco del necesario o escuchar una explicación con esa cara que dice “por favor, terminá”. Después uno lo piensa con más calma y descubre que el asunto no era tan grave.
La prisa es contagiosa. Si todo alrededor parece estar llegando tarde, uno termina viviendo como si también estuviera llegando tarde a su propia jornada.
He visto conflictos que empezaron por una cuestión pequeña y crecieron porque nadie tenía resto para bajar el tono. También he visto lo contrario: una persona que se sienta, espera que el otro termine y cambia por completo una escena que venía torcida. No hizo nada extraordinario. Simplemente no agregó velocidad al malestar.
A veces eso es lo que necesita una escuela: alguien que no responda con la misma aceleración que recibe.
Enseñar también tiene otro tiempo
La prisa entra al aula de una manera particular. Hay que terminar el tema, llegar a la evaluación, devolver trabajos, cerrar notas. El calendario existe y sería cómodo olvidarlo, pero no podemos. Cada año tiene sus tiempos y enseñar también supone sostener un ritmo.
Lo que me preocupa es esa ansiedad por “llegar” que algunas veces nos hace avanzar cuando el grupo todavía no llegó con nosotros. Uno termina una explicación, pasa a la siguiente y todo parece en orden porque el programa siguió su marcha. Después aparece una evaluación y descubrimos que parte de lo que dábamos por aprendido apenas había sido escuchado.
Hay clases en que conviene seguir y otras en las que una pregunta inesperada merece quedarse un rato. No siempre sabemos en el momento qué conviene. También eso forma parte del trabajo docente.
No sueño con una escuela lenta ni con clases que se detengan ante cada dificultad. A veces hay que decir “esto lo retomamos después” y avanzar. Pero enseñar no es llegar primero al final del recorrido. Si nadie puede seguirnos, haber llegado sirve de poco.
No todo merece la misma urgencia
Una de las cosas que más me cuesta, y que sigo aprendiendo, es distinguir qué necesita respuesta ahora y qué puede esperar. En medio de la jornada casi todo llega con apariencia de urgencia y pide lugar inmediato.
Con el tiempo uno descubre que algunas tareas sobreviven perfectamente hasta mañana. Una conversación, en cambio, puede perder su momento. También ocurre al revés: hay decisiones que necesitan rapidez y charlas que conviene postergar hasta poder tenerlas bien. No hay una regla que resuelva todo. Hay que mirar la situación, conocer a las personas y aceptar que alguna vez elegiremos mal.
En los equipos adultos también se nota. Una reunión puede ser intensa sin atropellarse, y decir “esto lo vemos mañana” a veces significa simplemente que hoy ya no tenemos la lucidez necesaria para tratarlo bien.
La escuela no necesita adultos serenos todo el tiempo. Eso no existe. Necesita, quizá, adultos capaces de reconocer cuándo el cansancio y el apuro están empezando a decidir por ellos.
Una casa con movimiento, pero con lugar
De la experiencia de Don Bosco siempre me llamó la atención algo muy concreto: Valdocco estaba lleno de movimiento. Había estudio, talleres, juegos, celebraciones, problemas cotidianos y muchísimos jóvenes. No era un lugar silencioso ni ordenado en el sentido cómodo de la palabra. Sin embargo, en medio de todo eso, seguía habiendo lugar para el encuentro personal.
No necesitamos elegir entre una escuela activa y una escuela humana. Puede haber una vida institucional intensa sin hacer del apuro una cultura.
Se nota cuando alguien llega a una oficina y no siente enseguida que molesta, o cuando un docente puede quedarse dos minutos más con un estudiante sin mirar la puerta. Son escenas pequeñas. Justamente por eso dicen mucho.
No siempre lo conseguimos. Hay días que se van enteros a las corridas. Yo también termino algunos pensando que no me quedó un minuto libre. Lo importante es no acostumbrarnos tanto a esa sensación que terminemos confundiéndola con trabajar bien.
Cuando la escuela se queda en silencio
Al final de ciertas jornadas, cuando ya se fueron casi todos, la escuela cambia de golpe. Quedan los pasillos vacíos, alguna luz encendida y ese silencio que durante el día parecía imposible. Recién entonces uno siente el cansancio y recuerda escenas sueltas: una conversación que alcanzó a tener, otra que quedó para después, una respuesta que quizá podría haber dado con menos apuro.
En esos momentos me he preguntado más de una vez si todo lo que parecía urgente a las diez de la mañana lo seguía siendo a las seis de la tarde. Casi nunca.
No vamos a conseguir una escuela sin carreras, interrupciones ni días desbordados. Ni siquiera estoy seguro de quererla. Lo que sí podemos cuidar es que la velocidad no nos quite la capacidad de detenernos cuando alguien realmente necesita que lo hagamos. A veces se juega en algo mínimo. Alguien se acerca y pregunta si tenemos un minuto. Y, por una vez, ese minuto no se lo damos mirando el reloj.