Hay reuniones en las que, cuando uno mira la agenda, parece que la escuela entera estuviera hecha de problemas. El curso que viene complicado, una situación que necesita seguimiento, una familia con la que hay que volver a hablar. Es lógico. Lo que preocupa pide lugar y muchas veces no puede esperar.
Me ha pasado salir de una de esas reuniones con la cabeza llena de pendientes y cruzarme, ya en el pasillo, con un grupo que unos meses antes nos tenía bastante inquietos. Estaban trabajando. No había nada extraordinario: cada uno en lo suyo, un docente dando clase, un clima bastante más sereno. Seguí caminando y, unos pasos después, pensé: de esto no hablamos.
Precisamente porque había dejado de ser un problema.
Con los años me fui dando cuenta de que en la escuela tenemos una facilidad enorme para detectar lo que no funciona. Y está bien que sea así. Los problemas necesitan intervención. Lo que me pregunto es cuánto aprendemos de aquello que, casi sin hacer ruido, empieza a salir mejor.
Lo bueno hace menos ruido
Un conflicto interrumpe una clase y todo el mundo se entera. Una mejora, en cambio, suele entrar despacio. Un curso que necesitaba veinte minutos para ponerse a trabajar un día empieza en diez. Después en cinco. Nadie hace un anuncio. Simplemente llega un momento en que aquello que nos ocupaba tantas conversaciones ya casi no aparece.
Algo parecido pasa con las personas. Un estudiante que venía muy irregular empieza a sostenerse un poco más. Una familia con la que todo era difícil encuentra otro modo de conversar. Un equipo que se trababa en cada decisión empieza a entenderse mejor. Como ya no hay urgencia, nuestra atención se va hacia otro lado.
Lo comprendo. En una escuela siempre hay algo que reclama más. Pero a veces, cuando no miramos lo que mejoró, perdemos también la historia de cómo se produjo esa mejora. Después llega otro momento difícil y sentimos que empezamos otra vez desde cero, como si nunca hubiéramos aprendido nada juntos.
Preguntarnos qué pasó
No siempre es fácil saber por qué algo empezó a funcionar mejor. Nos gusta encontrar una causa clara, pero la vida escolar rara vez cambia por una sola cosa. A veces hubo una conversación que llegó a tiempo. O un adulto empezó a sostener mejor un criterio. Tal vez el grupo maduró un poco y nosotros también dejamos de insistir de la misma manera.
Recuerdo cursos que, durante un tiempo, parecían desgastar a todos. Meses después uno entraba y la sensación era distinta. No había habido un día de quiebre ni una solución brillante. Habían cambiado varias cosas pequeñas, algunas casi imperceptibles. Si nadie se detenía a mirarlas, corríamos el riesgo de atribuir todo simplemente a que “se acomodaron”.
A veces vale la pena preguntar: ¿qué hicimos distinto? No para apropiarnos del resultado ni para buscar al responsable del éxito. Solo para entender un poco mejor. La escuela también aprende cuando puede reconocer esas pequeñas decisiones que ayudaron.
No convertirlo enseguida en una receta
Hay una tentación que conozco bien. Algo sale bien y queremos repetirlo. Funcionó con este grupo, entonces hagámoslo con todos. Una actividad tuvo mucha fuerza y ya pensamos en volver a hacerla igual el año siguiente.
Muchas veces la repetición tiene sentido. Pero otras termina quitándole vida a lo que queríamos conservar. Un grupo no es otro grupo. Un docente encuentra una manera de entrar que a otro puede no resultarle natural. Incluso una propuesta muy buena puede agotarse cuando se transforma en fórmula.
Después de tantos años, desconfío bastante de los “esto funciona siempre”. En educación casi nada funciona siempre. Lo que sí podemos reconocer son algunas condiciones que ayudaron: hubo presencia, claridad, tiempo, adultos que pudieron ponerse de acuerdo, alguien que escuchó antes de reaccionar. Eso sirve más que copiar una actividad completa.
Aprender de una experiencia no es reproducirla. Es comprender qué tuvo de valioso y ver después qué sentido puede tener en otra realidad.
Los adultos también necesitamos verlo
Hay semanas en que los educadores recibimos una sucesión bastante intensa de cosas por corregir. Faltó esto, hubo que resolver aquello, tal situación no salió bien. Forma parte del trabajo. Pero si durante meses solo se vuelve visible lo que falta, se instala una sensación difícil: hagamos lo que hagamos, nunca alcanza.
No creo en llenar la escuela de felicitaciones. El elogio por obligación se nota enseguida y sirve poco. Otra cosa es que alguien pueda decir, en una reunión o al pasar: “Este grupo está distinto y algo del trabajo de ustedes tuvo que ver”. O que se reconozca que una situación se manejó mejor que otras veces.
He visto cambiar el ánimo de una reunión por una frase así. No porque desaparecieran los problemas, sino porque devolvía una medida más justa de lo que estaba pasando.
Una escuela casi nunca está tan mal como parece en su peor semana ni tan bien como se muestra el día de una fiesta. La vida real está en el medio. Y en ese medio hay mucho trabajo que no hace ruido, que no llega a ningún informe y que, sin embargo, sostiene muchísimo.
A veces ese reconocimiento llega tarde. Uno se da cuenta al final del año de que cierto docente sostuvo durante meses a un grupo difícil sin convertirlo en tema permanente, o que una preceptora fue encontrando la manera de acercarse a alguien que antes rechazaba cualquier ayuda. Nadie hizo algo espectacular. Fueron estando, probando, corrigiendo. Me parece importante que la escuela pueda nombrar también ese trabajo, porque si solo hablamos cuando algo falla terminamos acostumbrándonos a que todo lo bueno parezca simplemente obligación.
Guardar memoria de lo que hace bien
Siempre me resultó muy salesiana esa capacidad de Don Bosco para descubrir un punto bueno desde el cual empezar. No era ingenuidad. Conocía los problemas de los jóvenes y de la casa. Pero no permitía que el problema ocupara toda la mirada.
A las instituciones también les hace bien algo de eso. No para maquillarse ni para evitar las dificultades. Al contrario: mirar lo que funciona puede darnos más claridad para enfrentar lo que todavía no funciona.
Hay momentos de cansancio en que recordar una experiencia que pudimos atravesar bien ayuda mucho. No garantiza que la próxima salga igual. Pero nos recuerda que ya hemos aprendido cosas juntos, que no todo empieza de cero cada lunes.
A veces esa memoria aparece en una escena mínima. Uno entra a un aula y advierte que hace semanas no sucede aquello que antes ocupaba todas las conversaciones. O se cruza con un grupo y nota que ahora se hablan de otra manera. Tal vez nadie sepa exactamente cuándo cambió.
También me ha pasado escuchar a un docente decir, casi al pasar, “con este curso ahora se puede trabajar”. La frase dura segundos, pero detrás hubo meses. Es fácil quedarse solo con el alivio y seguir. Sin embargo, ahí hay una historia que convendría no perder: algo del grupo cambió y algo de nosotros seguramente también. Recordarlo no es vivir del pasado. Es evitar que la próxima dificultad nos encuentre convencidos de que nunca supimos hacer nada bien.
Antes de seguir
A mí estas cosas muchas veces me llegan tarde. Estoy caminando hacia otra reunión, entro a buscar algo a un aula, me cruzo con alguien y recién entonces noto que una situación está mejor. El primer impulso es seguir, porque siempre hay algo más esperando.
Pero algunas veces conviene quedarse unos segundos ahí. No para hacer una celebración ni para convertir el momento en una conclusión pedagógica. Simplemente para registrar que algo que costó mucho hoy cuesta un poco menos.
Quizá hasta convenga comentarlo después, sin darle demasiadas vueltas. “¿Vieron que esto está distinto?” A veces una frase así abre una conversación más interesante que muchas evaluaciones formales. Alguien recuerda un cambio que hicimos, otro señala algo que no habíamos advertido. Y entre todos aparece una lectura más completa de lo que pasó.
Después seguiremos con lo pendiente. La escuela no se queda nunca sin asuntos que resolver.
Solo que no todo lo que merece nuestra atención está roto.