Hay una escena muy común. Suena el timbre, entramos a la sala de profesores, dejamos unas cosas sobre la mesa y alguien pregunta cómo estuvo determinado curso. Otro responde enseguida. Aparece un nombre. Después otro comentario. En pocos minutos se armó una conversación que puede ser muy útil: quizá varios vimos algo parecido y conviene estar atentos. Pero también puede pasar otra cosa. Sin mala intención, empezamos a hablar de una persona como si la explicación ya estuviera completa.
No digo esto desde afuera. Después de tantos años en escuelas, yo también necesité muchas veces sentarme con otros y decir: hoy no pude con este grupo; con este chico no estoy encontrando la manera; esta familia me preocupa. Hay jornadas en que compartir lo vivido evita que uno cargue solo con todo. A veces un colega ve algo que yo no vi y me ayuda a entender mejor.
Lo que me inquieta es el momento, difícil de precisar, en que una conversación deja de ayudarnos a mirar y empieza a mirar por nosotros. El estudiante todavía no entró al aula, pero nosotros ya sabemos cómo va a comportarse. La familia todavía no llegó a la entrevista y ya estamos preparados para lo que suponemos que va a decir. Ahí las palabras empiezan a pesar más de la cuenta.
Necesitamos hablar, claro
Una escuela donde los adultos no comparten información sería una escuela bastante peligrosa. Hay situaciones que necesitan ser conocidas, seguimientos que no pueden depender de una sola persona, cambios que conviene advertir a tiempo. Muchas veces el comentario de un preceptor, de un docente o de alguien que estuvo cerca permite unir piezas que aisladas no decían demasiado.
También necesitamos descargar. Esto me parece importante decirlo sin culpa. Educar cansa. Hay grupos que nos dejan sin mucha paciencia y vínculos que se vuelven difíciles. Pretender que un docente salga siempre sereno del aula y encuentre palabras impecables para contar lo que pasó sería bastante poco realista.
Yo también dije alguna vez, al sentarme después de una hora complicada, que no podía más con determinado curso. Y decirlo entre personas que entienden puede aflojar un poco. Uno toma un mate, se ríe de alguna situación, escucha a otro y vuelve distinto. No veo nada malo en eso. El problema aparece si esa descarga se transforma en la versión definitiva de quienes tenemos delante.
Las frases que se van quedando
En una escuela las frases viajan rápido. “Con él siempre es igual.” “Esa familia es imposible.” “No le interesa nada.” Quizá detrás de cada expresión haya experiencias reales. El problema es que, a fuerza de repetirlas, dejan de describir un momento y empiezan a funcionar como una identidad.
A partir de ahí todo encaja demasiado bien. Si llega tarde, confirma lo que ya sabíamos. Si cumple, lo tomamos como una excepción. Si empieza a cambiar, esperamos a ver cuánto le dura. Ya no miramos lo que ocurre; buscamos pruebas de la idea que traíamos.
Con los años fui aprendiendo a escucharme también a mí en esas conversaciones. Hay palabras que simplifican tanto que dan descanso. Decir “es irresponsable” parece resolver algo. En cambio, decir “hace varias semanas que no está pudiendo cumplir” deja el asunto más abierto y, por lo tanto, nos obliga a seguir mirando. Esa segunda forma es más incómoda, pero suele ser más justa.
No se trata de hablar con un lenguaje artificial ni de convertir la sala de profesores en un lugar donde nadie pueda decir lo que piensa. Se trata, simplemente, de recordar que las personas de las que hablamos van a volver a encontrarse con nosotros unas horas después.
Una voz puede cambiar la reunión
He estado en reuniones donde todos veníamos contando dificultades con un estudiante. La conversación se iba cerrando poco a poco y, de pronto, alguien decía algo sencillo: “Conmigo ayer trabajó bien”. No resolvía el problema ni anulaba lo anterior. Pero cambiaba el aire. Aparecía un dato que no entraba del todo en la imagen que habíamos construido.
Esas intervenciones me parecen valiosas porque devuelven complejidad. Nos recuerdan que nadie se comporta igual con todos, que un momento difícil no explica una trayectoria completa y que a veces un vínculo que a mí me cuesta puede estar funcionando de otra manera con otro adulto.
También ocurre con las familias. Una mala entrevista puede dejarnos muy condicionados para la siguiente. Es comprensible. Pero una familia es bastante más que su peor conversación con la escuela, del mismo modo que un docente es más que el día en que perdió la paciencia. Cuando conseguimos recordar eso, la reunión siguiente empieza desde otro lugar.
El humor necesita cuidado
En las escuelas también nos salvamos bastante con el humor. Hay días en que una broma compartida ayuda a atravesar una mañana pesada. Sería insoportable trabajar si todo tuviera que decirse con gravedad. Pero el humor entre adultos tiene un límite fino: puede aliviar el cansancio o puede ir convirtiendo a alguien en un personaje.
Cuando siempre nos reímos del mismo estudiante, del mismo curso o de la misma familia, algo empieza a endurecerse. Quizá el aludido nunca escuche esa broma, pero nosotros sí. Y después volvemos a encontrarlo llevando dentro esa versión, aunque no nos demos cuenta.
No creo que esto se resuelva con reglas para hablar. Se resuelve mejor con cierta conciencia. Saber cuándo estamos cansados. Advertir cuándo una frase nos está dejando demasiado cómodos. Permitir que un colega nos muestre una cara distinta de la persona que a nosotros nos cuesta.
Volver al nombre
Siempre me resultó muy salesiana esa insistencia en conocer a los jóvenes por su nombre. No como un recurso simpático, sino como una manera de resistirse a que alguien quede reducido a un problema. En una institución grande necesitamos categorías, registros y antecedentes. Nos organizan. Pero el nombre devuelve algo que los atajos pierden.
No es lo mismo decir “el conflictivo de cuarto” que hablar de un chico concreto que está teniendo conflictos este último tiempo. Puede parecer una diferencia mínima de lenguaje. Para mí no lo es. En una frase la identidad ya quedó pegada a la conducta; en la otra todavía queda espacio para que pase algo distinto.
A veces alcanza con eso para cambiar un poco nuestra manera de acercarnos. No porque las palabras hagan magia, sino porque preparan el tono con el que vamos a entrar en la próxima conversación.
Después hay que volver a encontrarse
Al final, todo lo que dijimos entre adultos se pone a prueba cuando la persona vuelve a aparecer. Ahí se nota si la conversación nos ayudó a comprender o si nos dejó una sentencia preparada.
Más de una vez salí de una reunión convencido de algo y, al cruzarme después con un estudiante en el pasillo, tuve que mover un poco mi lectura. Una respuesta inesperada, una manera distinta de acercarse, un gesto que no coincidía con lo que veníamos diciendo. Me hace bien que eso ocurra. Quiere decir que la persona real todavía puede desordenar nuestras conclusiones.
Necesitamos espacios donde los adultos podamos hablar con confianza. Necesitamos compartir preocupaciones, decir que algo nos cansó y pedir ayuda cuando no encontramos por dónde entrar. No quisiera una escuela donde cada palabra se diga con miedo a ser juzgada. Tampoco quisiera una escuela donde ciertas palabras se repitan tanto que terminen decidiendo por nosotros.
Quizá el cuidado esté en conservar una pequeña distancia entre lo que sabemos de alguien y lo que todavía no sabemos. Saber su historia, sí. Recordar lo ocurrido, también. Pero dejar que el encuentro de hoy tenga alguna oportunidad de decir algo nuevo.
Porque al día siguiente vuelve a sonar el timbre. La puerta se abre y esa persona de la que estuvimos hablando entra otra vez. En ese momento ya no está la reunión, ni el mate, ni los comentarios de ayer. Estamos él y nosotros.
Y conviene que todavía quede algo por descubrir.