Educación y jóvenes

La escuela educa desde muchos lugares

Una escuela también se reconoce fuera del aula: en la forma de recibir, orientar, cuidar un espacio y hacer sentir a alguien que tiene un lugar.

Con los años uno empieza a recordar la escuela por escenas que, en su momento, parecían pequeñas. Un chico que llega antes que los demás y se queda conversando un rato en la entrada. Una familia que viene preocupada y encuentra a alguien que le explica con paciencia dónde tiene que ir. Un estudiante que entra a la…
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Una escuela también se reconoce fuera del aula: en la forma de recibir, orientar, cuidar un espacio y hacer sentir a alguien que tiene un lugar.

Con los años uno empieza a recordar la escuela por escenas que, en su momento, parecían pequeñas. Un chico que llega antes que los demás y se queda conversando un rato en la entrada. Una familia que viene preocupada y encuentra a alguien que le explica con paciencia dónde tiene que ir. Un estudiante que entra a la biblioteca casi todos los recreos y, sin demasiadas palabras, termina haciendo de ese lugar una especie de refugio.

Ninguna de esas escenas sucede necesariamente en una clase. Sin embargo, cuando pienso en lo que hace educativa a una escuela, cada vez me cuesta más dejarlas afuera.

Durante mucho tiempo tendemos a identificar la educación con lo que ocurre entre un docente y un grupo. Es comprensible. Allí está la enseñanza de manera más visible. Pero una institución se vive muchas horas y desde muchos lugares. Alguien recibe antes de que empiece la primera hora. Otro escucha una pregunta cuando ya terminó la clase. Hay personas que saben nombres, historias familiares, pequeños hábitos, sin haber tenido nunca a esos chicos sentados frente a un pizarrón.

Después de tantos años dentro de escuelas, he aprendido a valorar mucho esas presencias. No porque haya que convertir a todos en docentes. Al contrario: porque cada uno puede aportar desde su tarea, sin forzar un papel que no le corresponde.

La puerta dice bastante

La primera impresión de una escuela suele llegar antes que cualquier explicación sobre su proyecto educativo. Llega en la puerta, en una recepción, en un teléfono que alguien atiende. Uno entra sin conocer demasiado y, en pocos minutos, empieza a sentir si está molestando o si hay lugar para preguntar.

He visto familias llegar tensas a una entrevista y aflojar un poco antes de entrar, simplemente porque alguien las recibió bien. También he visto cómo una respuesta seca, dada quizá en una mañana de mucho trabajo, puede endurecer una conversación que todavía ni empezó. No es justo cargar toda la responsabilidad sobre quien está en la entrada o en una secretaría; también ellos tienen días difíciles. Pero esos primeros encuentros pesan más de lo que parece.

Con los estudiantes ocurre algo parecido. Hay quien entra saludando a todo el mundo y quien pasa de largo. Con el tiempo, las personas que están allí todos los días aprenden esas maneras. Por eso notan cuando el que siempre venía haciendo ruido entra callado, o cuando quien casi nunca se detenía busca conversación. No hace falta transformar cada gesto en una interpretación. A veces alcanza con conocer lo suficiente como para darse cuenta de que hoy algo es distinto.

Hay personas que ven otra parte

Una escuela cambia mucho según desde dónde se la mire. Quien está varias horas en un aula conoce una parte de un estudiante. En la biblioteca, en administración, en un pasillo o mientras se prepara un espacio puede aparecer otra. No mejor ni más verdadera: simplemente otra.

Más de una vez alguien que no era docente me hizo un comentario sencillo que terminó siendo importante: “Hoy lo vi raro”, “vino a preguntar dos veces por lo mismo”, “se quedó solo bastante tiempo”. No era un diagnóstico ni pretendía serlo. Era la mirada de alguien que conocía a esa persona en otro contexto.

Ese tipo de observaciones vale cuando puede circular con cuidado. No se trata de que todo el mundo sepa todo, ni de convertir cualquier detalle en asunto institucional. Se trata de reconocer que la escuela tiene muchos ojos y que, cuando esas miradas se respetan y saben dónde llevar una preocupación, podemos cuidar mejor.

También hay estudiantes que eligen espontáneamente a ciertos adultos para acercarse. A veces es alguien de biblioteca, de portería o de otro sector. El vínculo se fue armando entre saludos y conversaciones breves, sin que nadie lo planificara. Me parece importante no cargar de inmediato a esa persona con una función que no le corresponde. Pero tampoco conviene despreciar la confianza que allí se construyó. Puede ser un puente.

El modo de hacer una tarea también deja marca

Hay trabajos escolares que parecen estar lejos de lo pedagógico y, sin embargo, dicen mucho. La manera de explicar un trámite, de entregar una llave, de cuidar información que no corresponde comentar, de dejar preparado un lugar para que otros lo usen. Todo eso forma parte del ambiente.

Lo noto especialmente después de actos, reuniones o actividades grandes. Cuando termina todo y empieza la parte menos visible, quedan sillas, papeles, equipos para guardar. Siempre hay alguien que se queda acomodando. A veces se suman otros. Nadie da una clase sobre el cuidado de lo común, pero algo se aprende ahí.

He conocido personas que hacen tareas poco visibles y que, sin embargo, sostienen una parte enorme de la vida diaria de una escuela. Muchas veces uno se da cuenta de todo lo que hacían justamente el día en que faltan. Recién entonces aparecen las llaves que no sabemos dónde están, el detalle que nadie recordó, el espacio que no quedó preparado. Es una manera bastante concreta de descubrir cuánto depende una institución de trabajos que casi nunca ocupan el centro.

Por eso me incomoda pensar esos lugares como si fueran apenas servicios alrededor de “lo educativo”. Son tareas diferentes, claro. Pero el modo en que se realizan puede hacer más humana o más áspera la vida de quienes pasan tantas horas en la escuela.

Cada uno desde su lugar

Decir que todos educamos puede sonar muy bien y, al mismo tiempo, volverse confuso. No todos tenemos la misma responsabilidad ni debemos intervenir del mismo modo. Los roles importan. Quien trabaja en administración no tiene que resolver una situación pedagógica que corresponde a un docente o a un equipo de conducción. Quien cuida un espacio no tiene por qué cargar con problemas personales que exceden su tarea.

La riqueza está justamente en no necesitar que todos hagan lo mismo. Cada uno puede cuidar la parte que le toca y saber cuándo acercar algo a quien corresponde. Esa claridad evita dos extremos que he visto varias veces: personas que sienten que “esto no es asunto mío” frente a algo que merecía al menos ser comunicado, y otras que terminan llevando sobre los hombros responsabilidades que nunca debieron quedar solas en ellas.

Una comunidad funciona mejor cuando puede decirse estas cosas con naturalidad. Cuando alguien puede avisar lo que vio, pedir ayuda, pasar la posta y seguir con su tarea. No hace falta que cada adulto se convierta en acompañante principal de todos. Hace falta que ninguno piense que su manera de tratar a los demás es indiferente.

Una casa se hace entre muchos

De la experiencia de Don Bosco siempre me quedó esa imagen tan concreta de la casa. Valdocco tenía aulas y talleres, pero no era solamente la suma de esos lugares. Había cocina, patio, capilla, portería, gente haciendo trabajos muy distintos. El clima dependía de muchos.

Eso me sigue pareciendo profundamente actual. Una escuela puede escribir un proyecto excelente y, sin embargo, si quien llega siente que molesta, si los adultos se tratan con dureza o si nadie parece responsable de lo común, algo importante se pierde por el camino. También ocurre al revés: en instituciones con recursos modestos uno puede encontrar una hospitalidad y un cuidado que se sienten apenas se entra.

Por eso la expresión “comunidad educativa” me gusta cuando deja de ser una frase de documento y se vuelve algo reconocible. Cuando las personas saben que forman parte de una misma casa sin dejar de tener tareas distintas. Cuando lo que ocurre en un sector no es completamente ajeno a los demás. Cuando hay nombres conocidos y no solo funciones.

Los nombres que quedan

A veces un exalumno vuelve después de muchos años. Pregunta por un profesor, por supuesto. Pero no solamente por profesores. Quiere saber si sigue aquella persona que estaba siempre en la entrada, la bibliotecaria con la que hablaba en los recreos o alguien de secretaría que lo ayudó cuando estaba bastante perdido. Cada vez que pasa, me llama la atención lo que guarda la memoria.

Uno podría pensar que son detalles secundarios frente a todo lo que aprendió en esos años. Sin embargo, para quien vuelve no parecen secundarios. Está recordando cómo fue tratado. Alguien sabía su nombre. Alguien tuvo paciencia. Alguien le hizo un lugar sin preguntarle primero cuánto sabía o qué nota tenía.

Quizá por eso no hace falta inventar grandes consignas para decir que una escuela educa desde muchos lugares. Basta mirar cómo transcurre un día normal y prestar atención a quienes sostienen partes de esa vida sin estar delante de un curso.

Muchas veces su trabajo no aparece en las fotos importantes. Pero años después, cuando alguien vuelve a la escuela y pregunta por ellos antes de irse, uno entiende que también allí pasó algo educativo.

Muchas veces su trabajo no aparece en las fotos importantes. Pero años después, cuando alguien vuelve a la escuela y pregunta por ellos antes de irse, uno entiende que también allí pasó algo educativo.

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