Paso lista casi sin pensarlo. Los nombres salen uno detrás de otro y, de pronto, uno queda sin respuesta. Al día siguiente ocurre lo mismo. Después vuelve a faltar. Al principio uno registra la ausencia y sigue, porque la clase no espera y hay treinta cosas ocurriendo al mismo tiempo. Pero llega un momento en que ese banco empieza a llamar la atención.
Me ha pasado muchas veces. Primero pienso que estará enfermo, que habrá tenido un trámite, que quizá llegó tarde. Después pregunto al curso y alguien responde: “Hace varios días que no viene”. Esa frase cambia un poco la escena. Ya no es una falta suelta. Hay alguien que está empezando a quedar afuera de la vida cotidiana de la escuela.
Con tantos años entre aulas y pasillos, aprendí que no conviene dramatizar cada ausencia, pero tampoco acostumbrarse demasiado rápido. Los chicos faltan por razones muy distintas y la mayoría vuelve sin que haya detrás una historia grave. El problema aparece cuando el vacío deja de sorprendernos. Cuando pasamos lista y el nombre que no responde ya no nos provoca ninguna pregunta.
El nombre que deja de responder
La escuela sabe contar inasistencias. Tiene que hacerlo. Hay registros, avisos a las familias, porcentajes que cumplir. Todo eso forma parte de una responsabilidad que no se puede improvisar. Pero una planilla puede decir cuántos días faltó un estudiante y no decir casi nada de lo que le está pasando.
A veces la primera señal la ve una preceptora. O un profesor que nota que ese chico, que antes estaba siempre, empezó a faltar justo después de un conflicto. O alguien recuerda que en las últimas semanas llegaba cada vez más tarde y se iba apagando en clase. Son observaciones pequeñas, de esas que aparecen en una conversación de pasillo. Cuando se comparten, pueden ayudar a mirar a tiempo.
No siempre encontramos una explicación clara. Hay ausencias que tienen que ver con la familia, otras con dificultades económicas, con enfermedad o con problemas que los chicos no quieren contar. También hay quienes empiezan a faltar porque se atrasaron tanto que regresar les da vergüenza. Y hay casos en que, sencillamente, se acostumbraron a no venir y necesitan que un adulto vuelva a marcar con claridad que estar en la escuela importa.
Por eso me cuesta cada vez más hablar de “el ausentismo” como si fuera una sola cosa. Detrás del mismo casillero vacío puede haber historias completamente distintas. La escuela necesita saber cuál tiene delante antes de decidir cómo intervenir.
Faltar también aleja
Cuando un chico deja de venir con regularidad no pierde solamente explicaciones o trabajos. Se va perdiendo cosas mucho más pequeñas, pero importantes: una conversación que siguió en el recreo, el cambio de lugar de un compañero, una consigna que todos entendieron porque estuvieron allí cuando se explicó. El curso continúa viviendo y quien falta empieza a quedar un poco fuera de ese movimiento.
Después vuelve y encuentra que todo siguió sin él. Tiene tareas pendientes, evaluaciones que se acercan y apuntes que no entiende. Los demás hablan de cosas que pasaron mientras no estaba. En pocos días se puede producir una distancia que desde afuera parece mínima y para un adolescente se siente enorme.
He visto chicos regresar después de varias faltas, sentarse al fondo y pasar toda la mañana intentando no llamar la atención. No preguntan porque no quieren mostrar cuánto se perdieron. No sacan la carpeta porque ni siquiera saben por dónde empezar. Entonces alguien interpreta que no tienen interés y la rueda vuelve a girar.
Ahí conviene mirar un poco más despacio. Tal vez la primera tarea no sea recordar todo lo que debe, sino ayudarlo a entrar otra vez. Ubicarlo en lo que estamos haciendo. Decirle por dónde empezar. Dejar lo demás para una conversación sin público.
Volver también puede dar vergüenza
A veces recibimos al que vuelve con una broma: “¡Mirá quién apareció!”. Se dice con cariño y el curso se ríe. Muchas veces no pasa nada. Pero otras veces ese chico ya cruzó la puerta sintiendo que todos iban a mirar su regreso y la broma confirma exactamente lo que temía.
Con los años fui valorando mucho la normalidad en esos momentos. Un saludo, un “qué bueno que viniste”, una indicación sencilla para sumarse a la clase. Después habrá tiempo para hablar de las faltas y de lo que quedó pendiente. Recibir no significa hacer como si nada hubiera pasado; significa no convertir el regreso en otra dificultad.
Lo mismo vale para lo académico. Si alguien faltó dos semanas, poner delante suyo de golpe todas las deudas puede hacer que la escuela parezca una pared imposible de subir. Las tareas siguen existiendo y habrá que resolverlas, pero a veces hace falta ordenarlas. Empezar por una. Recuperar un tema. Conseguir que el primer día de vuelta termine con la sensación de que se puede continuar.
Esto no es bajar la exigencia. Es hacerla posible. He aprendido que exigir bien también supone saber por dónde conviene empezar.
Que alguien pregunte
Hay una frase que me quedó de distintas conversaciones con estudiantes: “Nadie preguntó por mí”. A veces no era del todo cierto. La escuela había llamado a la familia o había enviado mensajes. Pero el chico no lo había vivido como una preocupación cercana. Para él, nadie había notado realmente que faltaba.
Eso dice algo que vale la pena escuchar. A esa edad importa mucho comprobar que la propia presencia tiene peso. No porque haya que convertir a cada estudiante en el centro de todo, sino porque pertenecer también significa saber que si un día no estás, alguien se da cuenta.
Una pregunta sencilla puede tener más fuerza de la que imaginamos: “Hace varios días que no te vemos, ¿está todo bien?”. Si se dice sin interrogatorio y sin sacar conclusiones antes de escuchar, a veces abre una conversación. Otras veces no. El chico responde “sí, todo bien” y se termina ahí. También hay que respetar eso. La presencia adulta no consiste en arrancar confidencias, sino en dejar claro que la puerta existe.
En la tradición de Don Bosco siempre me resultó muy concreta esa atención por el nombre, por saber quién estaba cerca y quién empezaba a alejarse. No era una técnica. Era una manera de vivir entre los jóvenes. En una escuela grande no podemos conocerlo todo, pero sí podemos cuidar que nadie se vuelva invisible simplemente porque dejó de hacer ruido.
La escuela no puede con todo
También conviene reconocer el límite. Hay situaciones que exceden claramente a la escuela. Familias atravesadas por problemas serios, enfermedades, decisiones personales, dificultades sociales que no se resuelven con una llamada ni con una buena conversación. Sería injusto pensar que si un estudiante se aleja es porque alguien en la escuela no hizo lo suficiente.
Acompañar no es poder resolver. Muchas veces es sostener el contacto, insistir con cuidado, coordinar con la familia y con quienes corresponda, dejar un lugar disponible para cuando sea posible volver. Hay historias en las que hacemos mucho y parece no alcanzar. Esa impotencia también forma parte del oficio y no siempre se dice.
Lo que sí podemos evitar es agregar indiferencia a una situación que ya viene cargada. Que un chico se vaya convencido de que daba lo mismo que estuviera o no. Que nadie recuerde cuándo dejó de venir. Que el banco vacío se convierta en un dato más del curso.
Antes de acostumbrarnos
En una jornada escolar la mirada se va naturalmente hacia quienes están. Son ellos los que preguntan, se mueven, discuten, necesitan algo. El ausente, en cambio, no interrumpe. No reclama. No hace ruido. Tal vez por eso resulta tan fácil dejarlo fuera de nuestra atención.
Pienso otra vez en el momento de pasar lista. Hay días en que un nombre queda sin respuesta y no significa nada especial. Pero si vuelve a ocurrir, y vuelve a ocurrir, quizá valga la pena levantar la vista un segundo. Preguntar a alguien. Averiguar. No para imaginar una tragedia, sino porque ese estudiante todavía forma parte de la escuela aunque ese día no esté sentado en su lugar.
A veces el cuidado empieza de una manera así de simple: alguien nota el banco vacío antes de acostumbrarse a verlo vacío.