Educación y jóvenes

Donde preguntar no molesta

Una duda dicha a tiempo puede destrabar un aprendizaje, una conversación o una decisión. Para eso hace falta un ambiente donde preguntar no se viva como quedar en falta.

Me pasó muchas veces. Termino de explicar algo, miro al grupo y pregunto: “¿Se entendió?”. Nadie dice que no. Alguno asiente, otros ya están guardando, y uno sigue. Después, cuando la clase terminó y casi todos salieron, alguien se queda cerca de la puerta y dice en voz baja: “No entendí bien, pero me dio cosa…
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Una duda dicha a tiempo puede destrabar un aprendizaje, una conversación o una decisión. Para eso hace falta un ambiente donde preguntar no se viva como quedar en falta.

Me pasó muchas veces. Termino de explicar algo, miro al grupo y pregunto: “¿Se entendió?”. Nadie dice que no. Alguno asiente, otros ya están guardando, y uno sigue. Después, cuando la clase terminó y casi todos salieron, alguien se queda cerca de la puerta y dice en voz baja: “No entendí bien, pero me dio cosa preguntar”.

Lo que me inquieta en esas escenas no es solamente que algo haya quedado sin comprender. Eso se puede retomar. Me preocupa más que la duda haya tenido que esperar hasta que no hubiera nadie mirando. Ahí aparece una pregunta para nosotros: qué clima estamos construyendo para que alguien pueda decir, delante de otros, “esto no lo entiendo”.

En una escuela se pregunta todo el tiempo. Preguntan los estudiantes, las familias, los docentes. Preguntamos quienes tenemos responsabilidades de conducción y también quienes llevamos muchos años haciendo el mismo trabajo. Sin embargo, no todas las preguntas encuentran el mismo lugar. Algunas entran con naturalidad. Otras llegan con cierta vergüenza, como si quien pregunta tuviera que disculparse por no saber.

El silencio no siempre confirma

Desde adelante, el silencio puede engañar. Uno termina una explicación, pregunta si hay dudas y, como nadie habla, supone que puede avanzar. Muchas veces es así. Otras no. Hay grupos que necesitan un poco más de tiempo para animarse, y hay personas que prefieren quedarse con la duda antes que quedar expuestas.

Los chicos detectan enseguida si en un grupo equivocarse cuesta caro. Lo saben por una risa, por el comentario de un compañero o por la impaciencia del adulto. También perciben cuando nuestra pregunta “¿alguien no entendió?” viene acompañada, casi sin querer, por el deseo de que nadie levante la mano porque falta poco para el timbre o todavía queda tema por dar.

A mí me ha pasado. Preguntar y, al mismo tiempo, estar apurado por seguir. Responder demasiado rápido porque creía que la duda era sencilla. Recién después advertir que la persona no necesitaba una respuesta más corta, sino otra explicación. No hay mala intención ahí. Hay cansancio, horarios, una clase que tiene que avanzar. Pero conviene reconocerlo porque, si se repite, el mensaje termina siendo claro: preguntar demora.

Y cuando alguien aprende que su duda demora a los demás, empieza a arreglarse como puede. A veces pregunta después. Otras veces ya no pregunta. Esa diferencia no siempre se ve desde afuera.

Las preguntas llegan cuando pueden

Con los años fui aprendiendo que muchas preguntas importantes llegan fuera de horario. No porque la persona quiera incomodar, sino porque necesitó tiempo. Un estudiante espera a que se vacíe el aula. Una familia deja pasar casi toda la entrevista antes de decir lo que realmente le preocupaba. En una reunión, alguien vuelve sobre un tema cuando parecía que ya habíamos terminado.

A quienes trabajamos en educación nos gustaría, muchas veces, que las cosas aparecieran en el momento previsto. Sería más ordenado. Pero la vida escolar tiene poco de eso. Hay preguntas que necesitan confianza antes que turno.

No siempre podemos detener lo que estamos haciendo. Hay días en que de verdad no se puede hablar y corresponde decirlo. Lo que he aprendido a cuidar es el regreso: si digo “después lo vemos”, tratar de que haya un después. Parece una cosa pequeña, pero no lo es. La persona que se animó a preguntar suele recordar si volvimos o si aquella frase fue apenas una manera amable de sacarnos el tema de encima.

También hay preguntas que no buscan una respuesta inmediata. A veces alguien necesita simplemente comprobar que puede decir lo que piensa sin que la conversación se cierre enseguida. Escuchar un poco antes de responder suele ayudar bastante.

También nosotros podemos no saber

A los adultos nos cuesta admitirlo, sobre todo cuando estamos en un lugar desde el que se espera que demos respuestas. Durante mucho tiempo sentí que decir “no sé” delante de un grupo me dejaba mal parado. Con los años me pasó lo contrario: cada vez me parece más honesto poder decir “no lo sé” cuando realmente no lo sé.

Eso no nos libera de preparar, estudiar ni asumir la responsabilidad de enseñar. Justamente por eso, cuando una pregunta nos supera, podemos buscar, consultar y volver con una respuesta mejor. Los estudiantes suelen darse cuenta cuando uno inventa seguridad para salir del paso. También se dan cuenta cuando un adulto toma en serio una pregunta que no puede resolver en ese momento.

Entre adultos pasa algo parecido. Hay reuniones en las que todos parecen haber entendido una decisión y, al salir, empiezan las aclaraciones de pasillo. No siempre es falta de atención. A veces cuesta ser quien pregunta algo que aparentemente todos los demás tienen claro. Una institución que permite decir “esto no lo entendí” sin convertirlo en señal de incompetencia trabaja mejor. Y, sobre todo, trabaja con un poco más de verdad.

El “por qué” que incomoda

Hay preguntas más fáciles de recibir que otras. No es lo mismo una duda de contenido que un “¿por qué hacemos esto así?” dirigido a una decisión, una norma o una costumbre de la escuela. Esas preguntas pueden encontrarnos cansados o a la defensiva, especialmente cuando vienen con un tono que no ayuda.

Me ha tocado comprobar que, en esos casos, uno puede responder al tono y perderse la pregunta. A veces el planteo es injusto y habrá que marcarlo. Pero otras veces, detrás de una forma poco feliz, hay algo que merece ser escuchado. Separar una cosa de la otra no siempre resulta fácil.

En una escuela hay decisiones que deben sostenerse aunque no todos estén de acuerdo. La autoridad también consiste en eso. Pero sostener una decisión no impide explicar sus razones. Más de una vez una pregunta incómoda me obligó a revisar una práctica que yo daba por obvia. Y alguna vez, al intentar explicar por qué hacíamos algo de determinada manera, descubrí que la explicación no era tan buena como creía.

Ese “por qué” puede molestar, pero también puede evitar que una institución viva únicamente de la costumbre. No todo tiene que ponerse en discusión cada semana. Sí conviene conservar la capacidad de dar razones y, cuando haga falta, reconocer que algo necesita ser revisado.

Preguntar también puede cerrar

Los adultos hacemos muchas preguntas, pero no todas buscan realmente una respuesta. “¿Otra vez hiciste lo mismo?” tiene forma de pregunta y bastante de sentencia. “¿Por qué nunca prestás atención?” deja poco lugar para que el otro explique algo que no hayamos decidido ya.

En conversaciones difíciles me descubro a veces haciendo eso: preguntar desde el enojo, esperando que el otro confirme mi lectura. Cuando logro frenar un poco, cambia bastante empezar por algo más simple: “Contame qué pasó”. No garantiza una buena conversación ni significa que todo lo que escuchemos será aceptable. Solo deja abierta la posibilidad de enterarnos de algo que todavía no sabíamos.

En Don Bosco siempre me llamó la atención esa cercanía que permitía una palabra personal en medio de una casa llena de movimiento. No era una técnica para obtener información. Era una manera de estar disponible para que el joven pudiera acercarse y hablar. Esa intuición sigue teniendo mucha fuerza: una pregunta verdadera necesita del otro, no solo de nuestra necesidad de confirmar lo que pensamos.

No tener que hacerse el que entendió

Me gustaría que en una escuela nadie tuviera que fingir que entendió para no quedar mal. No solo en una clase. También en una reunión, frente a una norma nueva o en una conversación con una familia. Que preguntar no sea sinónimo de llegar tarde, molestar o mostrar una incapacidad.

No siempre lo conseguimos. Hay días en que respondemos con poca paciencia y grupos donde cuesta mucho romper el miedo a equivocarse. También hay preguntas que llegan en el peor momento posible. La vida real de una escuela tiene todo eso.

Todavía sigo preguntando “¿se entendió?” al terminar una explicación. Es una costumbre que seguramente no voy a perder. Lo que sí cambió es que ya no confío tanto en el coro de silencios que viene después. A veces espero un poco más. O vuelvo a preguntar de otra manera. Y, cuando alguien se acerca después, trato de recordar que la pregunta no llegó tarde: llegó cuando pudo.

Quizá eso alcance para empezar. Que cuando la duda finalmente aparezca, encuentre un lugar y no una puerta que ya se estaba cerrando.

Quizá eso alcance para empezar. Que cuando la duda finalmente aparezca, encuentre un lugar y no una puerta que ya se estaba cerrando.

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