Educación y jóvenes

Cerrar bien también educa

En la escuela hay etapas que terminan casi sin darnos cuenta. Darles un cierre no es hacer una ceremonia: es reconocer lo vivido y dejar lugar a lo que viene.

Hay un momento, al final de ciertos días, en que la escuela cambia de golpe. Se fueron los chicos, quedaron algunas sillas corridas, papeles que alguien olvidó, una campera en el respaldo. Hace un rato había ruido y ahora hay un silencio raro. Me ha pasado más de una vez quedarme un instante en un aula así y pensar…
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En la escuela hay etapas que terminan casi sin darnos cuenta. Darles un cierre no es hacer una ceremonia: es reconocer lo vivido y dejar lugar a lo que viene.

Hay un momento, al final de ciertos días, en que la escuela cambia de golpe. Se fueron los chicos, quedaron algunas sillas corridas, papeles que alguien olvidó, una campera en el respaldo. Hace un rato había ruido y ahora hay un silencio raro. Me ha pasado más de una vez quedarme un instante en un aula así y pensar: terminó. No siempre el año entero. Puede haber terminado un proyecto, una convivencia, una etapa de un grupo. Hasta hace unas horas estábamos tan ocupados en llegar que casi no advertimos que aquello se estaba acabando.

La vida escolar empuja enseguida hacia lo que sigue. Cerramos una actividad y ya estamos preparando la próxima. Termina un trimestre y estamos pensando en el siguiente. Se va una promoción y, muy pronto, habrá otros nombres ocupando esos lugares. Ese movimiento forma parte de la escuela y tiene algo bueno: la vida continúa. Pero después de muchos años también fui aprendiendo que pasar demasiado rápido de una cosa a otra tiene un costo. Hay experiencias que necesitan un pequeño tiempo para asentarse.

No hablo de organizar una ceremonia para todo ni de convertir cada final en un momento solemne. A veces alcanza bastante menos. Poder decir: esto que vivimos terminó; hubo cosas buenas, otras costaron, y ahora seguimos. Parece poco, pero ayuda. Porque cerrar no es borrar. Es darle un lugar a lo que pasó para no arrastrarlo sin darnos cuenta hacia lo siguiente.

Cuando el final llega antes de que estemos preparados

Los finales rara vez encuentran a todos en el mismo lugar. En un último día de clases hay quien cuenta las horas para irse y quien está más callado de lo habitual. El que parecía indiferente durante meses puede sorprender con una despedida que nadie esperaba. Otro se va como si nada. Lo mismo ocurre entre los adultos. Hay etapas que dan alegría cuando terminan y otras que dejan una especie de vacío que uno recién entiende después.

Por eso me cuesta cuando queremos que todo cierre sea emotivo por obligación. Que todos digan algo lindo, que agradezcan, que recuerden lo mejor. He estado en despedidas muy sencillas que fueron verdaderas y en otras, mucho más preparadas, donde se notaba que la emoción estaba un poco forzada. No hace falta fabricar sentimientos para reconocer que compartimos un tiempo de la vida.

En los grupos también queda lo que no salió bien. Hubo discusiones que costó resolver, una actividad que no resultó como imaginábamos, alguien que nunca terminó de sentirse del todo cómodo. Poder mirar eso sin buscar culpables también forma parte del cierre. A veces una frase honesta vale más que un balance impecable. “Nos costó al principio, pero después pudimos trabajar juntos.” “Esto no salió como queríamos.” “Yo acá aprendí algo que no esperaba.” Son palabras que aparecen cuando dejamos un poco de espacio y no llenamos enseguida el final con nuestro discurso.

Despedir a una persona

Hay otro tipo de cierre que siempre me toca de una manera particular: cuando alguien deja una comunidad educativa. Puede ser un estudiante que cambia de escuela, una familia que se muda, un docente que toma otro camino o alguien que se jubila después de muchos años. Durante un tiempo esa persona tuvo un horario, un lugar, rutinas que los demás conocíamos. Después ya no está. Y la institución sigue, claro, pero no exactamente igual.

Me ha tocado despedir personas muy queridas y también otras con las que el camino no fue sencillo. Esa diferencia existe y sería artificial negarla. Sin embargo, incluso cuando hubo desacuerdos o cansancio, siempre me pareció importante que la salida no se redujera a entregar una llave, firmar un papel y desaparecer. No por quedar bien. Porque una persona pasó una parte de su vida entre nosotros y algo de esa historia merece ser reconocido.

Agradecer bien no significa exagerar. A veces alcanza con nombrar algo concreto: una tarea que sostuvo durante años, una presencia que hizo bien, una manera de estar. Y cuando hubo heridas, quizá el cierre posible sea más sobrio. No todo se repara en una despedida. Pero se puede evitar que el último gesto agregue una herida innecesaria a una historia que ya fue difícil.

Los cierres pequeños de todos los días

Con el tiempo empecé a prestar más atención a los finales pequeños. Una clase, una reunión, una conversación delicada, una jornada especial. Muchas veces el reloj decide por nosotros: suena el timbre, alguien mira la hora, todos se levantan y listo. No siempre hay otra posibilidad. Pero hay días en que dos minutos más cambian mucho la sensación con la que uno se va.

Después de una conversación difícil, por ejemplo, no es lo mismo terminar con un “bueno, ya está” dicho desde la puerta que poder dejar claro en qué quedamos y cómo seguimos. Tampoco una reunión necesita un discurso final, pero ayuda saber que algo quedó resuelto y qué cosas quedan abiertas. Lo mismo en una clase. No hace falta cerrar con una síntesis perfecta; a veces basta recuperar una idea o dejar una pregunta que siga trabajando.

Siempre me gustaron esos minutos después de algunas actividades cuando ya terminó lo formal y quedan unos pocos guardando sillas, enrollando un cable o juntando lo que quedó en el piso. Ahí suelen aparecer conversaciones distintas. Se baja el tono, nadie tiene que representar demasiado y el día se acomoda de otra manera. No hay una gran enseñanza escondida. Hay simplemente gente terminando algo junta.

Recordar sin quedarse viviendo atrás

Una escuela necesita memoria. Hay nombres, historias, fotografías, costumbres que ayudan a saber de dónde venimos. En una casa con años de vida eso se siente mucho. Pero la memoria también puede pesar cuando todo presente queda comparado con un pasado idealizado. “Antes era distinto.” “Aquellos grupos sí.” “En nuestra época…” Son frases que aparecen fácilmente, y a veces dicen más de nuestra nostalgia que de quienes están hoy.

He aprendido que agradecer una etapa no obliga a querer repetirla. Algunas cosas merecen sostenerse; otras cumplieron su tiempo. La tradición educativa de Don Bosco siempre me hizo pensar en una casa con memoria, pero con la puerta abierta. Hay historia, sí, pero sigue llegando gente nueva que no tiene por qué vivir exactamente como vivieron los anteriores. Si la memoria no deja entrar el presente, termina pareciéndose demasiado a un museo.

Eso también vale para nuestras propias etapas como educadores. Hay cursos que uno recuerda con una sonrisa muchos años después y otros que fueron más ásperos. Hay momentos profesionales muy intensos que un día se terminan. Poder agradecer lo que dieron sin pretender volver todo el tiempo a ellos libera bastante. También nosotros necesitamos dejar lugar a lo nuevo.

Dejar sitio para lo que sigue

Un buen cierre no resuelve todo. No borra una mala experiencia ni hace que cada despedida sea linda. Tampoco garantiza que todos se vayan en paz. A veces simplemente permite que las cosas queden un poco más en su lugar. Uno puede agradecer, reconocer un error, decir algo que venía postergando o aceptar que una etapa ya dio lo que podía dar.

En la escuela somos bastante buenos para inaugurar. Abrimos el año, presentamos proyectos, recibimos grupos, pensamos lo que vamos a hacer. Me parece bien. Los comienzos traen energía. Pero quizá también necesitemos aprender a terminar sin salir corriendo. No para quedarnos mirando hacia atrás, sino precisamente para poder seguir con menos cosas pendientes por dentro.

Hay finales que recordamos por una ceremonia y otros por algo mucho más pequeño. La última vez que cerramos una puerta, una foto tomada casi de casualidad, un saludo que esa vez duró un poco más. Uno no sabe de antemano qué va a quedar.

Tal vez por eso cerrar bien no necesite tanta preparación. A veces alcanza con no pasar por encima del final como si nada hubiera ocurrido. Guardar lo que hay que guardar, dar las gracias donde corresponde y, antes de apagar la luz, mirar un momento ese lugar que mañana volverá a llenarse de otras voces.

Hay finales que recordamos por una ceremonia y otros por algo mucho más pequeño. La última vez que cerramos una puerta, una foto tomada casi de casualidad, un saludo que esa vez duró un poco más. Uno no sabe de antemano qué va a quedar.

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